La cooperación internacional ha contribuido durante décadas al desarrollo del Perú. Ha financiado estudios, transferido conocimiento y ayudado a identificar brechas y reformas. Pero el país de hoy enfrenta un problema distinto: sabemos bastante bien qué está mal; lo que seguimos sin conseguir es cambiarlo. No necesitamos otro diagnóstico que nos recuerde nuestra baja productividad, la informalidad cercana al 70%, las brechas de infraestructura o las dificultades del Estado para ejecutar. Tenemos estudios del Banco Mundial, BID, FMI y OCDE, además de planes y políticas nacionales que llevan años señalando problemas similares. La cooperación internacional debería evolucionar con nosotros. Menos recursos destinados a volver a diagnosticar y más orientados a implementar: estructurar proyectos, digitalizar y simplificar trámites, desarrollar proveedores, mejorar capacidades de gobiernos regionales y locales, transferir tecnología, impulsar innovación o acompañar proyectos hasta que efectivamente funcionen. Eso también exige cambiar cómo medimos el éxito. Un programa no debería considerarse exitoso por el número de consultorías, talleres o documentos que produjo, sino por aquello que logró transformar: inversión destrabada, trámites reducidos, empresas más productivas, proyectos ejecutados o capacidades que permanecen cuando termina la asistencia. La cooperación sigue siendo valiosa. Precisamente por eso debemos sacarle más el jugo. Después de tantos años preguntándonos qué hacer, necesitamos aliados que nos ayuden a hacerlo. La cooperación debería medirse menos por los entregables que produce y más por los cambios que deja.
COOPERACIÓN PARA EJECUTAR, columna de Rafael Zacnich
Gerente de Estudios Económicos de Comex Perú