Opinión

Cuando lloran los criollos

Columna de Johnny Padilla

21 de Enero del 2018 - 07:00 Johnny Padilla

En plena serenata a Lima, ciudad que hizo suya tras abandonar su Puquio natal, Augusto Polo Campos falleció el pasado 17 de enero a los 85 años. Así lo quiso, más cerca de la jarana en homenaje a la capital inspiradora de varios de sus temas y lejos del lamento que tanto detestaba. Pero el dolor es inevitable; de la familia por la ausencia sin retorno del padre y de todo un pueblo por la pérdida de uno de los más grandes compositores de música peruana. En eso no debe haber discusión ni mezquindad que pretenda negarlo. Y es que parece que en el Perú somos campeones en buscarle tres pies al gato, nadie nos gana en bajar como sea a quien está arriba por mérito propio. En el caso de Augusto Polo Campos, hay quienes pretenden restarle valor a su obra por su historia personal que, al fin y al cabo, no es ni mejor ni peor que la de cualquier otro peruano. Lo que hay que celebrar en la vida del compositor, que lo ha encumbrado a un lugar de privilegio en el corazón de un pueblo, es su capacidad para escribir canciones que en las voces de los más destacados intérpretes se convirtieron en éxitos y en algunos casos en himnos que han quedado en el alma de la gente. Lo que hay que resaltar es que un hombre que confesaba sin inmutarse que veía de lejos y con extrañeza las partituras musicales, y muchos menos conocía de técnicas de composición, terminó creando valses que han quedado en el libro de la historia de la música popular peruana. Lo de él era puro sentimiento y ese talento con el que se nace, que revela un don de pocos. A ese Augusto Polo Campos de “Olvida que una vez nos juntamos, que una vez nos quisimos, nos amamos”, al de “guitarra, tú que interpretas en tu gritar mi quebranto, tú que recibes en tu madero mi llanto” o también al de “te daré la vida y cuando yo muera, me uniré en la tierra contigo Perú”, a ese grande hay que recordarlo y siempre. Con su muerte se va cerrando un ciclo y toda una época de presencia vital de creadores que aportaron con su repertorio a enriquecer un género que se resiste a desaparecer y que merece larga vida y vigencia. En recuerdo del gran Polo Campos, las nuevas generaciones tienen la misión de seguir sus pasos contra viento y marea, aunque muchas veces pareciera una batalla perdida. Voces jóvenes hay, compositores con ganas, trayectoria y talento también, y los músicos no son de correrse a los retos. Lo importante es que dejemos de mirar de lejos los esfuerzos de otros y nos involucremos en mantener vivo el género criollo. ¿Cómo? Pues en los distritos, por ejemplo, organizando festivales en busca de voces y canciones. En las radios, dejando de programar los mismos temas de hace 40 años, dando paso a otras creaciones que se escriben, se graban y nadie difunde. En recuerdo al maestro, la televisión debería tener programas que difundan la tradición y los colegios tendrían que incluir el curso de Música para que nuestros niños y jóvenes sepan quiénes fueron Felipe Pinglo, Chabuca Granda, Luis Abelardo Núñez, Manuel Acosta Ojeda, Félix Pasache, por mencionar a los que ya no están. Don Augusto se fue, su obra queda, privilegio de los inmortales.

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