Opinión

Cuidado con la primavera iraní

Columna de Miguel Ángel Rodríguez Mackay

03 de Enero del 2018 - 07:45 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

La paciencia colma y tiene límites. Las protestas en Irán, el país islámico chiita no árabe más importante del Medio Oriente, esta vez directamente contra sus autoridades centrales, llama poderosamente la atención, sobre todo en un país que mantiene un régimen teocrático vertical desde que tomó el poder con el ayatola Jomeini por la Revolución Islámica de 1979, que derrocó al último shah iraní, Mohammad Reza Pahleví, y rompió la alianza que este mantenía con EE.UU.

El cierre de esta columna, van 21 los muertos en las calles de diversas ciudades del país, como Qom y Mashhad, consideradas baluartes de la religiosidad islámica iraní, y aunque todavía no tendría la dimensión del Movimiento Verde de 2009 que se prolongó por cerca de 4 meses con las protestas de millones de personas, este suceso, que ha alterado la normalidad impuesta por el durísimo sistema iraní, podría ser el comienzo de otras expresiones masivas.

Nótese que por primera vez se produce una protesta frontal contra el Líder Supremo, el ayatola Alí Khamenei, y eso significa que la gente habría perdido el acto discrecional hacia el régimen religioso que no logra llenar las expectativas económicas de la población. Los iraníes creyeron que el levantamiento de las sanciones de la Casa Blanca luego de que Teherán llegara a un acuerdo sobre su programa nuclear con el denominado G5 + Alemania, es decir, los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU junto a los germanos, haría que la situación de los iraníes -828 millones- cambiara. Pero nada de eso ha sucedido.

La reacción del Líder Supremo y la del presidente de Irán, Hassan Rouhani, ha sido imputar a Donald Trump y a otros actores externos como Arabia Saudí, su mayor enemigo islámico sunita en la región, la responsabilidad de las revueltas. Cuidado con que estas manifestaciones constituyan el punto de partida de una primavera iraní, como la que tuvieron los árabes, pues la gente sabe comparar y es probable que lo haga con otros países de esa región que cuentan con mejores condiciones en la calidad de vida de su gente. 

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