Opinión

De algarrobos, burros y piuranos

Columna: ROLANDO RODRICH

14 de Noviembre del 2017 - 07:00 Rolando Rodrich

Recién esta semana han salido las plañideras a llorar por la masiva matanza de algarrobos en las obras de la ampliación de la avenida Sánchez Cerro. Parece que recién lo han notado, porque la tala comenzó hace varios meses, y a nadie pareció importarle. En otras ciudades, de otros países, un fiscal hubiera intervenido en el término de lo que le demora salir de su despacho y llegar al lugar del crimen. Y hubiera metido preso al talador. Aquí los fiscales están más prestos a devolver al calor de su hogar a esos pobres chicos intoxicados que deambulan, volante en mano, aplastando a los parroquianos. Fiscales, funcionarios y buena parte de los propios ciudadanos adolecemos de enorme ignorancia sobre lo que significa el algarrobo para la vida en este pueblo. Repetía mi padre esa leyenda urbana de que si llegabas a un lugar donde encontrabas estas tres cosas juntas (Seminarios, burros y algarrobos), estabas en Piura. No sé si nos haría más bien que mal si desaparecieran los Seminarios (es el apellido materno de mi padre), pero no tengo ninguna duda de que sí o sí debemos luchar por conservar y hacer crecer el número de asnos y algarrobos. Total, uno vive del otro, y viceversa. Disfrutar de la sombra y todos los innumerables beneficios de un algarrobo maduro han significado en promedio unos 50 años de trabajo de la naturaleza que no puede un tipo, una empresa, o los que fueren responsables, destruir sin ir detenido antes de pedírsele explicaciones. Por lo pronto, debe castigársele a la gente no tener sentido del tiempo. Quien siembra un tamarindo, o un algarrobo, sabe que, en el mejor de los casos, deberá esperar seis años para tener sus frutos. Pero seguirá haciéndolo más de 100 años, por lo que no lo hace para él sino para un futuro en el que no estará. Ahora que tanto nos preocupan las especies en camino de extinción, el único que debería extinguirse (irreversiblemente) es ese piurano indolente e ignorante que ni siquiera defiende lo suyo, porque no hay nada más piurano -y con todos sus derechos- que los piajenos y los algarrobos.

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