Frases cargadas de sustancia ponzoñosa, sentencias destructivas, epigramas maliciosos, comentarios hirientes, burlas despiadadas y demás maneras vergonzosas de actuar, dieron forma a los debates presidenciales. El método cainita (por Caín, el primer homicida, que acabó con la vida de su hermano, el inocente y puro de corazón, Abel), ha sido llevado al terreno verbal en los sucesivos debates. En síntesis: hemos visto a candidatos grises reclamar la atención para brillar tenuemente, solo para desparramar líquido viperino entre sus adversarios políticos. De propuestas serias, muy pocas. Los debates han dejado en evidencia la notable indigencia intelectual de los candidatos. Tampoco hay grandes oradores que logren movilizar las pasiones populares ni despertar el más vivo interés, pues casi nadie está dotado de elocuencia y, a pesar de que la oratoria no alimenta ni construye, al menos da esperanzas. Hace unos días, con el propósito de darle a mi entusiasmo algún tipo de sustancia argumentativa para analizar los debates, vi la película El mejor candidato (1964) de Franklin Schaffner. La película trata de dos candidatos que compiten para ser elegidos por su partido y representarlo en las elecciones presidenciales. Uno de ellos (Cantwell), es ambicioso, agresivo, recaba información del pasado del candidato antagónico; como su promiscuidad, matrimonio fraudulento y problemas mentales depresivos. Todo esto, como mecanismo de extorsión para ser difundido el día de la elección. El otro (Russell), conociendo el oscuro pasado de su íntimo adversario, es ético, y ante la amenaza decide no corromperse ni emplear medios sucios. De estas dos maneras de entender la política, ¿cuál es la predominante en el Perú?
DEBATES PRESIDENCIALES, columna de Alejandro Martorell
Licenciado en Ciencia Política