Opinión

Derechos humanos sin prejuicios y para todos

Columna: MIGUEL ÁNGEL RODRÍGUEZ MACKAY

11 de Diciembre del 2017 - 07:00 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

La sociedad internacional esclavista legitimada por los sabios de Grecia, y a la cual Jesús de Nazaret se enfrentó pregonando la igualdad entre los hombres, una medida antisistémica para el mundo antiguo y gran parte de la historia de la humanidad, felizmente ha desaparecido; sin embargo, subsisten métodos y prácticas flagrantes -por ejemplo, la trata de personas- de reducción de la libertad y dignidad humanas que colocan al hombre en un estado de infame humillación. Para acabar con lo primero sucedió la Revolución Francesa (1789), y para luchar contra lo segundo fue aprobada la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU (1948), cuyo 69° aniversario ayer hemos celebrado. El contexto para su dación fue el mejor. Las masacres y exterminios humanos en dos guerras mundiales en el siglo XX se superpusieron sobre los derechos humanos como nunca antes.

Aceptar que todos somos iguales por naturaleza no debió ser mayor problema, pero lo fue y sigue siéndolo por el prejuicio y la ignorancia sociales que penetraron penosamente hasta en la educación. La especie humana gobierna el mundo privilegiadamente por su racionalidad, su exclusivo y mayor atributo, que yace inexistente en los demás seres vivos. A pesar de ello, por ejemplo, algunos hombres no se consideran iguales a otros, o lo que es peor, se creen superiores. La cultura en el proceso histórico juega su rol y, por supuesto, está poderosamente alineada. Un hombre negro por solamente serlo era una cosa en los tiempos de Roma y un hombre negro por solamente serlo actualmente es imputado responsable de un delito, como le sucedió a Jorge Villanueva, marginalmente apodado el “Monstruo de Armendáriz” (1957), que fue injustamente condenado a la pena de muerte. A la sociedad contemporánea le falta seguir evolucionando y eso no es malo, aunque sí preocupa su lentitud. Felizmente, la igualdad de los hombres ante la ley es una garantía del derecho, y aunque este es superior al sistema positivo, fuera de ese marco la barbarie es una amenaza a los derechos humanos protegidos orgánicamente para todas las personas desde 1948.

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