Opinión

​Desobediencia jerárquica

La organización se aferra a sus viejas costumbres de intimidación, negación y sinvergüenzura

13 de Abril del 2019 - 07:27 Ariana Lira

En un país como el Perú, el monseñor José Antonio Eguren es un hombre con suerte. El tiempo, un macabro mecanismo de encubrimiento y un Poder Judicial que da risa le han regalado el beneficio del olvido ante las acusaciones de maltratos y encubrimientos que habría cometido cuando fue una de las principales figuras del Sodalicio de Vida Cristiana.

Lo cierto -y triste- es que muy probablemente la linterna de la justicia nunca alcance a Eguren. Él seguirá viviendo una vida de oro, ocupando influyentes cargos en la Iglesia peruana, mientras las víctimas del Sodalicio luchan aún contra los estragos de años de maltratos perpetrados en sus macabras casas de reclusión.

Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, el papa Francisco generó en diciembre del año pasado un punto de quiebre en la actitud del Vaticano hacia los tristemente tradicionales abusos perpetrados en la Iglesia, al agradecer “sinceramente a los trabajadores de los medios” que han ayudado a “desenmascarar a estos lobos” y a “dar voz a las víctimas”.

A pesar de ello, Eguren -en una especie de inquisición moderna- ha logrado condenar por difamación y extraerle la jugosa suma de S/80,000 a Pedro Salinas, periodista sin cuya extensa investigación, realizada junto con Paola Ugaz -también denunciada-, quizás no se hubiera conocido nunca la aterradora realidad del Sodalicio.

Tal ha sido el escándalo por el fallo -resultado, además, de un proceso plagado de burdas irregularidades- que ha remecido a la prensa internacional e incluso ha generado que la Conferencia Episcopal Peruana emita un comunicado recordando que el mismo papa Francisco “ha alabado y agradecido la labor de los periodistas que (…) contribuyen a denunciar los abusos, a castigar a los victimarios y a asistir a las víctimas”.

Ello es, entonces, una prueba más de lo evidente: pese a los constantes anuncios del Sodalicio de un supuesto ánimo de renovación y arrepentimiento, la organización se aferra a sus viejas costumbres de intimidación, negación y sinvergüenzura. Una pandilla que, además de incurrir en desobediencia jerárquica ante su propia institución -yendo en sentido contrario de los pedidos del Papa-, continúa cavando su propia tumba.

*Con Pedro y Paola, mi solidaridad y gratitud siempre.

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