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Detrás del factor Aráoz

COLUMNA: Francisco Cohello Puente
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Francisco Cohello

Actualizado el 07/08/2019, 07:00 a.m.

No es un hecho baladí que Meche Aráoz haya evidenciado un público distanciamiento del presidente Martín Vizcarra. “No confío en él”, ha dicho la vicepresidenta, como si aludiera a un personaje investigado por corrupción, a un enemigo político o a un obstinado opositor fujimorista, y no al integrante de la plancha presidencial con el que luchó para llegar al poder o el socio más importante del Gobierno. Si Vizcarra fuera el líder de una coalición de funcionarios públicos transparentes, el adalid de una gestión limpia y púdica, el prohombre de una organización abierta y diáfana, no hubiese ocultado a su única vicepresidenta, a su propia bancada y quizá al mismísimo gabinete la poderosa decisión de plantear un proyecto de ley para que se vayan todos, un referéndum y un adelanto de elecciones que pondrían de cabeza a cualquier país civilizado. Si Vizcarra no tomase las decisiones más importantes con una camarilla secreta y tenebrosa, tal vez alguien como Aráoz hubiese podido hacerle entender que es un pésimo mensaje para el mundo y los inversionistas el vértigo electoral al que nos pretende someter, y que la imagen de un país convulso y persistentemente enfrentado no le hace bien a nadie y nos afecta a todos. Era fundamental, pues, que otras voces que no sean las de Maximiliano Aguiar, Miriam Morales, Salvador del Solar y Vicente Zeballos le cantasen a Vizcarra no solo lo que quería escuchar, que le explicaran que hay remedios peores que la enfermedad y que las renuncias y las evasiones solo definen a los hombres sin carácter, a los carentes de virilidad y a los líderes taimados. Urgía un estadista y no un improvisado, un patriota y no un marketero, una funcionaria entrenada en las asperezas de la administración pública y no una advenediza secretaria. La voz disidente de Aráoz es algo más que la nota altisonante en la monotonía de Palacio: es la evidencia de que bajo la Presidencia de Vizcarra somos un país sometido a una oligarquía deslucida, soberbia y caprichosa, y que -espero equivocarme- esconde un plan aún por dilucidar.

Detrás del factor Aráoz

COLUMNA: Francisco Cohello Puente

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