Opinión

Dictadura nicaragüense

COLUMNA: IVÁN SLOCOVICH

24 de Abril del 2018 - 07:30 IVÁN SLOCOVICH PARDO

La represión y el caos que se viven en Nicaragua ante un intento de reforma en el sistema de pensiones, que ha ocasionado al menos 27 muertos, han puesto bajo los reflectores a ese país, que sin hacer tanto ruido como Venezuela vive bajo una dictadura impresentable a cargo de Daniel Ortega, quien ha copado todos los poderes públicos incluso con sus parientes, no realiza elecciones libres y hace lo que le da la gana con la libertad de expresión.

Ortega es un “revolucionario” de traje verde olivo, al mismo estilo de su padre espiritual Fidel Castro, que llegó al poder en 1979 tras derrocar a la brutal dictadura de Anastasio Somoza. En 1990, este líder sandinista convocó a elecciones, contra los consejos del barbudo cubano, y fue derrotado en las urnas. Tuvo que irse para volver al poder en el 2007, y desde ese momento implantó una dictadura muy similar a la que combatió a fines de los años 70.

Tras las muertes en las calles de los días pasados, incluyendo la de un periodista, los saqueos y demás actos de violencia, Ortega ha decidido dar marcha atrás en la reforma pensionaria que desató el desmadre, no sin antes suspender las transmisiones en vivo que hacían cuatro cadenas de televisión independientes, lo que demuestra la imposibilidad que tienen los ciudadanos nicaragüenses de enterarse de lo que pasa en su país a través de los medios de prensa.

Esta situación debería llamar la atención de los países de la región, que ojalá tuvieran una postura mucho más crítica frente al régimen de Ortega, al que incluso se le acusa de recibir dinero de cárteles de la droga. ¿La OEA sigue pintada en la pared, como sucede ante la situación de Venezuela? ¿A alguien le importan las libertades y los derechos humanos que viola el régimen populista de este tirano centroamericano?

Si Venezuela y Cuba son una herida abierta en la región, de la misma manera lo es Nicaragua bajo las botas de Ortega, quien maneja su país como le da la gana de la mano de su familia, que parece estar dispuesta a no dejar nunca el poder, de la misma manera como lo hacen muchos de los que ganan elecciones bajo las banderas del populismo, que no es otra cosa que un caballo de Troya para tomar por asalto el Estado por tiempo indefinido.

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