En los parlamentos bicamerales, además de las competencias que distinguen sus respectivas funciones, el perfil de los diputados y senadores también manifiesta distintos estilos y modos. Los diputados, o Cámara Baja, llevan consigo el brío y la altisonancia de un ejercicio de fiscalización más apasionado en representación de los ciudadanos, aspecto que su hemiciclo expresa a través de su alfombra color rojo. En el Senado, en cambio, sus integrantes suelen haber sido diputados y, sumando tiempo y madurez, ocupan posiciones que brindan el debido tono parlamentario y la ponderación de sus decisiones a la luz de su representación territorial; por eso, se le reconoce como Cámara Alta, lo que se refleja en el color azul de su alfombra.
La Constitución, entre los requisitos para ser parlamentario, establece una edad mínima para postular a diputado (25 años) o senador (35 años); sin embargo, nada obliga a un parlamentario a cambiar de cámara cuando alcanza la edad requerida. Resulta prudente mantenerse como diputado dado el carácter del político o su preferencia por integrar un hemiciclo compuesto por bancadas más propicias a la crispación durante los debates, incluso recurrir a la ironía para moderar los extremismos que suele acarrear la polémica en temas ideológicos.
La tradición suele atribuir al Senado un espacio más sosegado para el debate; por eso se le atribuye la condición de cámara reflexiva. Su denominación proviene del latín Senatus, que hace referencia al «consejo de ancianos», a diferencia de los diputados (Deputati), que son las personas comisionadas para una función representativa, identificando a su hemiciclo como la cámara joven.