En momentos en que el Perú necesita reencontrarse como nación, resulta preocupante que algunos discursos políticos sigan apostando por la división y el resentimiento como estrategia electoral. Más que unir voluntades, el partido liderado por Roberto Sánchez parece empeñado en profundizar las fracturas sociales del país. Por eso, muchos podrían decir que en lugar de “Juntos por el Perú”, el mensaje que transmite termina siendo el de “Divididos por el Perú”. La narrativa constante de lucha de clases y enfrentamiento entre peruanos no contribuye a resolver los problemas nacionales; al contrario, alimenta la confrontación en una sociedad ya golpeada por años de crisis política y desconfianza institucional.
La política puede y debe denunciar desigualdades, exclusiones y abusos históricos. Pero una cosa es exigir justicia social y otra muy distinta es construir discursos basados en la confrontación permanente entre ciudadanos. Señalar que “la élite mafiosa de Lima” desprecia a campesinos, ronderos o agricultores puede sonar rentable en términos electorales, pero también profundiza resentimientos y simplifica peligrosamente una realidad mucho más compleja. El Perú no necesita etiquetas que enfrenten al campo con la ciudad, ni al interior con la capital. Necesita puentes y capacidad de integración.
El gran desafío del próximo gobierno será precisamente reconstruir la confianza entre los peruanos. Después de años de inestabilidad, corrupción y polarización, la población demanda consensos mínimos que permitan recuperar crecimiento económico, seguridad y oportunidades.