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EL ARTE DE ATRAER CLIENTES, columna de María Isabel León

Educadora y empresaria

María León

Actualizado el 15/03/2026, 09:51 a.m.

“El cliente podrá olvidar el precio o el producto, pero jamás cómo fue tratado”.  Esta frase resume una de las verdades más poderosas —y a la vez más ignoradas— del mundo empresarial. En un mercado donde la tecnología, los productos y hasta los modelos de negocio pueden copiarse rápidamente, la experiencia humana se ha convertido en el verdadero factor de diferenciación. Las empresas suelen invertir enormes recursos en mejorar procesos, optimizar costos o lanzar nuevas funcionalidades. Sin embargo, muchas olvidan que el recuerdo más duradero que se lleva un cliente no es la especificación técnica de un producto ni el monto exacto que pagó. Lo que permanece es la emoción que sintió durante la interacción: si fue escuchado, respetado, comprendido o valorado.

La psicología del consumidor lo confirma. Las personas no toman decisiones únicamente de manera racional; lo hacen, en gran medida, desde la emoción, desde los sentimientos. Un cliente puede tolerar incluso un error o un inconveniente si percibe empatía y voluntad de solución. Pero difícilmente volverá a una empresa donde se sintió ignorado, maltratado o tratado como un número más. Esto adquiere aún mayor relevancia en una época donde las experiencias se comparten instantáneamente. Un comentario negativo sobre una mala atención puede recorrer redes sociales en minutos, afectando la reputación de una organización construida durante años. Por el contrario, un gesto de servicio extraordinario puede convertir a un cliente en el mejor embajador de una marca. Por eso, la cultura de servicio no debe ser un eslogan colgado en la pared ni una frase repetida en capacitaciones. Debe ser un principio que atraviese toda la organización, desde la alta dirección hasta el último punto de contacto con el cliente. Cuando los líderes entienden que cada interacción es una oportunidad para construir confianza, el servicio deja de ser una obligación y se convierte en una ventaja competitiva diferencial, real.

Las empresas que entienden esto no solo venden productos o servicios. Construyen relaciones. Y las relaciones, a diferencia de las transacciones, tienen “memoria”.  Al final, el precio se olvida, los detalles del producto se esfuman, pero la forma en que alguien nos hizo sentir, permanece. En ese “recuerdo” se juega buena parte del futuro de cualquier organización.

EL ARTE DE ATRAER CLIENTES, columna de María Isabel León

Educadora y empresaria

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