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EL ARTE DE ENCAJAR, columna de María Isabel León

Educadora y empresaria

María León

Actualizado el 02/08/2026, 07:53 a.m.

La vida tiene una extraña manera de recordarnos que nunca se detiene. Mientras en algún lugar alguien nace, en otro alguien se despide de la vida. La alegría y el dolor no se turnan; conviven. Quienes seguimos aquí, tenemos un privilegio que a menudo olvidamos: todavía tenemos “tiempo”. Tiempo para equivocarnos y corregir el rumbo. Tiempo para aprender, para pedir perdón, para reconciliarnos, para descubrir capacidades que permanecían dormidas y para convertir nuestros talentos en un servicio. Sin embargo, con demasiada frecuencia desperdiciamos ese regalo. Invertimos horas en el resentimiento, en el juicio hacia los errores ajenos, en comparaciones estériles o en conflictos que, vistos desde la perspectiva de la finitud, pierden toda importancia. Nos ocupamos tanto de observar la vida de otros que dejamos de construir la propia. Tal vez el verdadero desafío no sea vivir más años, sino vivir mejor. Descubrir cuáles son los dones que recibimos al nacer y preguntarnos de qué manera pueden ayudar a aliviar una carga, abrir una puerta, inspirar una esperanza o mejorar la vida de quienes nos rodean. Porque el valor de una existencia no suele medirse por lo que acumula, sino por la huella que deja en los demás.

Allí, aparece una idea que merece nuestra reflexión: el arte de encajar. No se trata de encajar para parecernos a todos, ni de renunciar a nuestra esencia para ser aceptados. Se trata de encontrar el lugar exacto donde nuestros talentos sean apreciados, donde nuestras fortalezas encuentran un propósito y donde nuestra presencia aporta algo que nadie más pueda ofrecer. Cada persona ocupa un espacio irrepetible. Cuando descubrimos ese lugar y actuamos con autenticidad, dejamos de competir y empezamos a contribuir. Dejamos de preguntarnos qué nos falta y comenzamos a preguntarnos qué podemos ofrecer.

La simultaneidad de la vida y la muerte debería enseñarnos una lección de humildad y de urgencia. Humildad, porque comprendemos que todos compartimos el mismo destino. Urgencia, porque ignoramos cuánto tiempo nos queda para hacer aquello que realmente importa. Como dijo Séneca siglos atrás, “No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho.” Y quizá por eso la mejor manera de honrar la vida no sea contar los días, sino llenar los días. Esa simple realidad nos recuerda que todavía tenemos la posibilidad de elegir. Elegir amar antes que odiar. Construir antes que criticar. Aprender antes que juzgar. Servir antes que acumular. Y, sobre todo, descubrir el lugar único desde el cual podemos hacer del mundo un lugar… un poco mejor.

EL ARTE DE ENCAJAR, columna de María Isabel León

Educadora y empresaria

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