Francis Fukuyama en su obra “El Fin de la Historia”, vislumbra el límite del hombre político y el techo de lo sistémico, dándole un triunfo irrito a las tesis neoliberales en lo político, la del capitalismo en lo económico y la cultura del consumismo en lo cultural. Al margen de lo último con lo cual concordamos. Creemos que al hacer agua las dos primeras, resultando sistemas que han fallado en lo elemental, todavía el hombre está en condiciones de seguir su camino creador. De dar vida bajo un esquema hegeliano de nuevas alternativas. No creemos que en pleno inicio del tercer milenio, sea al mismo tiempo el inicio de nuestro fin como especie social y pensante. Al contrario, tomando como referente a los dos grandes pensamientos de nuestra historia: El capitalismo y el socialismo. El primero, creo una cultura de yo sin el nosotros, y el segundo, creo una cultura del nosotros sin el yo. Pensamos (estando de acuerdo con lo que se afirma en la nueva Teología de la Liberación) que, ahora necesitamos la síntesis que permita la convivencia del yo con el nosotros. Ni lo individual por si mismo, ni lo colectivo tampoco sino, una nueva democracia social y participativa en donde ambos conceptos interactúen, dando paso a la acumulación de experiencias y saberes, sumando dialécticamente, integrando las diversas contribuciones y entreviendo las complementariedades. Creemos que lo que puede haber llegado, no es el fin de la historia sino, la continuación de un capítulo más de ella misma, en un concepto más elevado de civilización, en donde sea necesario refundar: democracia, justicia y religión. No la fría, calculada, monetaria, mercantilista y muchas veces injusta, globalización, conforme nos la quieren vender. Si se dan cuenta, está creando sobre todo, sociedades consumistas, que pierden por la misma dinámica metálica y material, conceptos como los valores y principios fundamentales para la preservación de la especie, ni más ni menos. Sin por supuesto desconocer la necesidad del avance tecnológico y científico en provecho de la vida. De su bienestar, de su salud, de su educación y de su esparcimiento claro, dentro de esa refundación de conceptos que signifique humanización, participación e inclusión, sin llegar a extremos de invocar o prometer paraísos terrenales. Pero tampoco, el desmadre y la deshumanización que signifique inexorablemente en algún momento la canibalización el exterminio o el fin, no de la historia (como dice Fukuyama) sino, de la especie. Como tampoco caer en idealismos y romanticismos estériles, mucho menos en sueños bolivarianos, de fundamentalismos trasnochados, de revoluciones camaleónicas con intereses no santos, o caer en las garras de cuanto mesiánico esquizofrénico nos aguarde en cada esquina de la historia para enterrarnos en ella.