Opinión

El “corrupto amigo”

COLUMNA: IVÁN SLOCOVICH

17 de Abril del 2018 - 07:30 IVÁN SLOCOVICH PARDO

Es muy común que parte de la izquierda latinoamericana y local sea implacable con los dictadores de “derecha”, llámense Rafael Leonidas Trujillo, Augusto Pinochet o Alberto Fujimori, mientras que a cualquier impresentable que suela denominarse “revolucionario” y hable bonito de la “justicia social” como Fidel Castro, Hugo Chávez y Nicolás Maduro lo trate con guantes de seda, pese a sus abusos y crímenes documentados hasta el cansancio.

Los tiranos “de derecha” han sido siempre los malos, y los “de izquierda” los “justicieros” que luchan por la “igualdad”, pese a los muertos, los encarcelados y demás atrocidades. A nivel local, por ejemplo, todos los camaradas condenan a Fujimori, pero no dicen ni una palabra del general Juan Velasco. El hombre se metió con los tanques a Palacio de Gobierno e impuso una dictadura nefasta, pero para ellos no importa: era un “revolucionario” e hizo la “reforma agraria”.

Hoy se da una figura similar ante el escándalo de corrupción más grande que ha vivido la región. El exmandatario de Brasil Lula da Silva está preso por ladrón, condenado por todas las instancias posibles de la justicia, pero para personajes como Evo Morales, Nicolás Maduro y Raúl Castro, por citar solo a algunos, la situación de su ídolo es producto de un “complot” de sus enemigos para que no vuelva a postular a la Presidencia o por haber reducido la pobreza.

A nivel local lo hemos visto con la exalcaldesa de Lima, Susana Villarán, embarrada hasta el cuello con el dinero sucio de la corruptora Odebrecht. Muchos son implacables con Alberto Fujimori y su hija Keiko, con Alan García y con Pedro Pablo Kuczynski, lo cual está muy bien, pero no reclaman por la lentitud con que el Ministerio Público ve el caso de la señora que hace mucho fue señalada por el “generoso” Jorge Barata.

Los camaradas deberían entender que al ladrón y al sinvergüenza hay que condenarlo sin distinción de ideología. No existe el “corrupto enemigo” y el “corrupto amigo” o “compañero de ruta”, sino simplemente el “corrupto” que llega a la función pública para llenarse los bolsillos. Cuando la izquierda sea implacable con todos por igual, habrá dado al menos una pequeña señal de que está dispuesta a modernizarse y dejar atrás las taras del pasado.

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