En una era de comunicaciones instantáneas y tecnología al alcance de todos, los candidatos presidenciales están obligados a cambiar de estrategia para transmitir su ideario. El perfil del político de plaza, productor de promesas sin sustento técnico, ha quedado atrás para un número significativo de votantes que solo desean mejores condiciones para emprender.
Hoy existe una vasta economía informal compuesta por ciudadanos “invisibles” para la SUNAT. Para ellos, la invisibilidad es un modo de supervivencia. Es la forma en que protegen su capital y sus decisiones de inversión, generalmente no bancarizadas, de la interferencia estatal. Son electores invisibles que no esperan bonos ni subsidios; solo demandan que el Estado resuelva la crisis de inseguridad ciudadana para poder trabajar en libertad.
El nuevo electorado habita en las redes sociales y YouTube, ávido de mensajes breves y concretos. Es un ciudadano que busca generar sus propias oportunidades y ser su propio jefe, estableciendo sus propias reglas en un mercado que deja espacios para el comercio. Se trata de un votante al que, en la práctica, poco le importa el debate académico sobre la “Constitución económica” o el papel subsidiario del Estado; lo que exige es que se respete, de facto, la libre iniciativa privada y la libertad de empresa.
En este escenario, el desafío de las candidaturas es mayúsculo. ¿Cómo proponer una ruta hacia la formalidad a quien siente que su capital solo está a salvo mientras el Estado no lo encuentre? Lograr que este elector se identifique con un proyecto político requiere algo más que tecnicismos. Se requiere una oferta de valor que compense el riesgo para dejar de ser invisible.