Algunos seguimos llamando “sorpresa” a Noruega. Es una costumbre curiosa del fútbol: tardamos mucho más en reconocer a los nuevos poderosos que en despedir a los viejos. Pero las sorpresas tienen fecha de vencimiento.
Un equipo que elimina a Brasil ya no puede seguir viviendo de ese rótulo. Un equipo que tiene a uno de los goleadores del Mundial, a uno de los mejores mediocampistas de Europa y una estructura táctica capaz de asfixiar a cualquiera dejó de ser una linda historia. Empezó a ser un candidato.
Quizá el verdadero problema sea nuestro. Nos cuesta aceptar que el mapa del fútbol cambió. Preferimos seguir creyendo que los gigantes son gigantes para siempre y que los demás solo pasan por un buen momento. Es una forma elegante de negar la realidad.
Inglaterra llega con el peso exactamente opuesto. Nunca sorprende. Siempre promete. Cada Mundial empieza siendo candidata y termina obligada a explicar por qué no fue campeona. Esa mochila pesa más que cualquier sistema táctico.
Por eso el cruce de hoy resulta fascinante. No enfrenta únicamente a dos selecciones. Enfrenta dos percepciones. La de un equipo que todavía lucha contra la etiqueta de revelación y la de otro que lleva décadas intentando justificar la de favorito.
Si Noruega elimina a Inglaterra, habrá que dejar de hablar de sorpresa. Habrá que empezar a hablar de una potencia.
Porque el fútbol cambia mucho antes que el discurso. Las canchas suelen entenderlo enseguida. Los hinchas demoran un poco más. Los periodistas, a veces, bastante más.
Quizá mañana no se juegue solamente un pase a semifinales. Quizá asistamos al instante exacto en que una selección deje de pedir permiso para sentarse en la mesa de los grandes. Y esas transformaciones, aunque muchos se resistan a aceptarlo, casi siempre empiezan derrotando a un gigante.