Opinión

EL JUICIO A JESÚS DE NAZARET NO FUE JURÍDICO SINO POLÍTICO

La esclavitud fue la base de la economía de muchos pueblos y Jesús estaba enfrentándose a un sistema que haría cualquier cosa por mantenerla

19 de Abril del 2019 - 07:41 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

El juicio a Jesús de Nazaret fue uno de los más injustos de la historia. Lo voy a explicar. Nunca contó con un debido proceso y no le permitieron que durante los interrogatorios -en que primó la tortura y la degradación humana- en el seno del Sanedrín judío y en el palacio del gobernador de Judea, que era la expresión del poder político de Roma, tuviera como corresponde, un abogado para su defensa. No se trata de que no lo pidiera ni que lo quisiera -jamás lo hubiera exigido-, sino que no hubo ninguna disposición para facilitárselo. En los tiempos de Jesús, el derecho vivió la etapa de la confusión, es decir, donde los criterios jurídicos regularmente fueron confundidos con los morales. Hoy es insostenible que un juez emita una sentencia, considerando juicios de valor de carácter moral, y no estoy diciendo que el derecho no cuente con una carga moral que la tiene, pero que es distinta a una dosis de moral como base para pensar jurídicamente; sin embargo, cuando vigente el Tribunal de Oficio de la Santa Inquisición durante los siglos XVI y XVII, dichos criterios morales fueron parte de la normalidad del derecho imperante en el proceso histórico de la sociedad internacional de ese momento.

Ahora bien, Jesús fue un revolucionario porque trastocó el statu quo de la época al sostener que todos los hombres son iguales por naturaleza. Jesús cuestionó la tesis de la desigualdad legitimada por los sabios griegos y juridizada por los romanos justinianos, es decir, condenó la esclavitud que había llevado al hombre a la vil condición de cosa una vez dominado por la fuerza del otro. Lo hizo pregonando la igualdad entre los hombres y el amor al prójimo, conceptos centrales del Evangelio. La esclavitud fue la base de la economía de muchos pueblos y Jesús estaba enfrentándose a un sistema que haría cualquier cosa por mantenerla.

Al final, el Nazareno fue visto como un conspirador y una amenaza para el statu quo imperante, pues fue condenado a la pena de muerte por la crucifixión. Los romanos sabían que era inocente, pero no les importó. Fueron pragmáticos o, si prefiere, se lavaron las manos, pues lograron apaciguar al influyente Sanedrín judío.

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