Opinión

El migrante y su cruz a cuestas

Columna de Miguel Ángel Rodríguez Mackay

18 de Diciembre del 2017 - 07:20

Ya sabemos que el hombre como ser social por naturaleza no asume como destino de su vida permanecer en un solo lugar para siempre.

Así, el ser humano se moviliza, y en las condiciones de normalidad generalmente lo hace para luego volver al recinto donde cuenta su vida diaria; sin embargo, las personas también emigran y no precisamente por disfrute, negocios o aventura. No. Lo hacen porque surge una circunstancia imperiosa que vuelve insostenible que permanezcan en el lugar de residencia habitual. Las más de las veces porque sus vidas peligran o porque buscan nuevas oportunidades de desarrollo para sus proyectos existenciales.

La ONU llevó adelante reuniones internacionales para evaluar la creciente movilización de las poblaciones del planeta. Luego de efectuar un mapeo y un diagnóstico de las causas, la Asamblea General emitió en el 2000 la Resolución 55/93 que, considerando esta realidad que pasó a convertirse en un serio fenómeno social internacional para tratarla con prioridad, proclamó el 18 de diciembre de cada año, como hoy, Día Internacional del Migrante.

Particularmente, la ONU apuntó en el complejo asunto de los refugiados al incrementarse el número de conflictos en diversas partes del mundo. Con cerca de 230 millones de migrantes y con crecimientos anuales desbordantes, el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, ha reconocido la urgencia de protegerlos al máximo al ser considerados luego de los niños, la población humana más vulnerable del siglo XXI.

Los jóvenes -la ONU calcula unos 27 millones- constituyen el mayor grupo migrante al año por inseguridad o pobreza y sus destinos están fijados mayoritariamente en Europa. Más de 3 millones de peruanos se encuentran fuera del territorio nacional y en EE.UU. está el mayor número de connacionales (1.2 millones).

En Sudamérica, los peruanos en el exterior cuentan con el mayor número en Argentina y Chile, y muchos migraron durante los años ochenta -la generación de la década perdida- y parte de los noventa, cuando el país se encontraba flagelado por una aguda crisis económica y la demencia del terrorismo.

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