Opinión

El país que quería ser patriota

COLUMNA: ARIANA LIRA

31 de Julio del 2018 - 07:00 Ariana Lira

El orgullo peruano es una tarea compleja. Para sentirlo, se puede apelar a nuestra inigualable gastronomía, admirar nuestra belleza paisajística, escuchar a Lucha Reyes o gritar los goles de la victoria.

Pero como el Perú es el país de las contradicciones, el orgullo patrio se desvanece tan rápido como aflora. Por meses, hasta el último detalle estuvo pintado de rojo y blanco gracias al fútbol. Como nunca, cantamos el himno con lágrimas en los ojos e hinchazón en el pecho. ¡Cómo no te voy a querer!

Sin embargo, menos de un mes después, jóvenes protestaban pisoteando y lavando esas mismas banderas que semanas atrás izábamos apasionadamente, al tiempo que se pedía no celebrar las Fiestas Patrias: infames audios habían confirmado aquella corrupción instalada ya en el imaginario nacional.

Y es que así es la patria en nuestro Perú: incompleta, convenida y selectiva. Defendemos el cebiche y el pisco con un furor casi militar, pero adelantamos autos por la auxiliar y nos pasamos la luz roja, poniendo en riesgo a otros peruanos. Nos vestimos de blanco y rojo, pero ensuciamos nuestras calles y coimeamos sin remordimiento.

Clamamos orgullo por lo nuestro, pero muchas de nuestras huacas, herencia milenaria, son fumaderos y están pintarrajeadas y abandonadas. Cautivamos a los extranjeros con nuestras patrióticas barras; sin embargo, en este mismo país, se acuñó una frase tan triste como la que dice que el peor enemigo de un peruano es otro peruano.

Quizás -y urge, para ello, fortalecer el sector Educación- cuando todos construyamos patria día a día -no solo con cebiche en plato, goles en la cancha y desfile de fiestas- el orgullo patrio deje, por fin, tan frustrante inconstancia.

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