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EL PECADO DE ABURRIR, columna de Juan Carlos Gambirazio

Periodista y editor.

Juan Carlos Gambirazio

Actualizado el 03/07/2026, 10:15 a.m.

España ya está en octavos y es claro que la casualidad no la puso ahí. Le ganó con comodidad a Austria, confirmó su condición de candidata y volvió a mostrar esa superioridad tan suya, construida a partir de una posesión paciente, presión asfixiante y circulación de pelota que, por momentos, parece más un mecanismo de relojería que un partido de fútbol.Tiene, además, nombres capaces de romper cualquier libreto. Lamine Yamal, llamado a ser una de las figuras más desequilibrantes del torneo. Cucurella ofrece intensidad, Dani Olmo inteligencia, Oyarzabal oportunismo. España no es un equipo pobre en talento. Al contrario: quizá por eso resulta tan extraño verla dominar tanto y emocionar tan poco.Porque ahí aparece la herejía: España juega bien, pero aburre.Aburre con corrección, con método, con autoridad. Aburre porque casi todo lo hace bien. Pasa, toca, mueve, vuelve a pasar, vuelve a tocar, espera, atrae, desgasta y finalmente encuentra el espacio. Es un fútbol impecable, demasiado pulcro. Un fútbol que controla tanto el error que también frustra el asombro.El problema no es la posesión. El problema es cuando la posesión deja de ser un camino y se convierte en una religión. España parece por momentos más interesada en administrar el partido que en incendiarlo. Quiere tener la pelota, pero no siempre parece querer lastimar con ella. Y el espectador, que no vive de mapas de calor ni porcentajes de precisión, empieza a sentir que está frente a una clase magistral, no frente a una aventura.Al fútbol también lo alimenta el riesgo. El regate innecesario, el pase improbable, el gesto que no figura en la pizarra. Eso que en Sudamérica llamamos ahora “chocolate” no siempre sirve para ganar, pero sirve para recordar. España tiene talento para hacerlo. Lo curioso es que muchas veces parece evitarlo.Tal vez esa sea su mayor fortaleza y, al mismo tiempo, su pecado estético. Ha convertido el control en una forma de dominio. Reduce al rival, enfría el partido, elimina el sobresalto. Puede ganar el Mundial, desde luego, tiene equipo, figuras y una idea reconocible. Pero jugar bien no siempre equivale a enamorar.Los Mundiales suelen premiar la eficacia. La memoria, en cambio, es más caprichosa. No siempre recuerda al equipo más ordenado, sino al que se atrevió a desobedecer. España avanza, convence y asusta. Solo le falta algo menor y gigantesco: la chispa capaz de transformar una victoria cómoda en un recuerdo imborrable.

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