Las encuestas previas a esta elección revelan una verdad incómoda pero decisiva: los peruanos seguimos votando al filo del abismo. Muchos deciden su voto en la última semana y otros lo hacen el mismo día de la elección. Hablamos que casi un tercio del electorado define el rumbo del país en cuestión de horas. No es un dato menor ni una curiosidad estadística; es la prueba de que nuestra democracia aún se mueve más por impulsos de último minuto que por convicciones construidas.
Por eso, hoy más que nunca, informarse no es una recomendación, es una obligación cívica. Elegir presidente no es un acto reflejo ni una revancha emocional; es una decisión que marcará el destino del país por años. El Perú necesita liderazgo, pero no cualquier liderazgo: uno capaz de generar cambios reales, de ofrecer estabilidad y de devolverle a la ciudadanía la sensación de rumbo. No se trata de elegir al más carismático, sino al más preparado para enfrentar una crisis que ya no admite improvisaciones.
Pensar en el futuro implica, necesariamente, soltar el pasado. No podemos seguir atrapados en narrativas agotadas, en nombres reciclados o en nostalgias que ya no responden a los desafíos actuales. Ese anacronismo político —que insiste en dividirnos entre lo que fue— solo paraliza las posibilidades de lo que podría ser. Este tercio que decide a última hora tiene, en realidad, la oportunidad de romper el ciclo. La pregunta es si lo hará con responsabilidad o si, una vez más, dejará que el destino del país se resuelva en el último minuto.