Opinión

El problema de América Latina es político

Columna de Miguel Ángel Rodríguez Mackay

13 de Enero del 2018 - 07:00 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

América Latina sigue creciendo y esa es una buena noticia. Los indicadores económicos son auspiciosos. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe-CEPAL, la región que creció durante el 2017 en promedio 1.3%, ahora lo hará hasta el 2.2%. La mayor liquidez de nuestros países y las bajas tasas de interés internacionales, aunadas al crecimiento global de 3% promedio, no podía ser mejor escenario. Y pensar que en los años 80, la crisis más relevante era la económica. Los papeles se han invertido. Ahora, el mayor problema de nuestros países es político. Gran parte de las energías están dedicadas a atenuar o superar la grave crisis de gobernabilidad que atraviesan nuestros países. Las clases políticas de la región han sido ganadas por la corrupción, produciendo una verdadera crisis transversal en la moral política. Nuestro mejor momento para el despegue hacia el desarrollo está distraído por este circuito de antivalores políticos traumáticos. ¿Quién podría discutir que la pobreza en promedio ha sido reducida en casi todos nuestros países (Más del 50%)? ¿Qué economista serio podría negar a países como Bolivia o Nicaragua, cuyos gobiernos no brillan precisamente por su lucidez democrática, hayan tenido crecimientos anuales extraordinarios (5%)?

El problema más grave, entonces, es que la crisis política no permite a los gobiernos dar pasos agigantados para lograr el desarrollo de sus pueblos. Los gobernantes en América Latina, en general y en promedio, no saben contar con políticas de Estado y ese también es un problema muy grave, porque no tienen mirada prospectiva para el cambio cualitativo en el tiempo para sus países. Las oportunidades deben ser aprovechadas al máximo. China es el país que más importa desde América Latina. Nos compran materias primas -básicamente metales- como nunca y por esa razón tenemos mayores ingresos, pero no siempre lo hará en ese ritmo, pues ya ha comenzado a cambiar privilegiando ahora el consumo y los servicios. Lo que digo es el puro realismo de las relaciones internacionales.

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