Opinión

EL RECUERDO DE HIROSHIMA Y NAGASAKi

COLUMNA: MIGUEL ÁNGEL RODRÍGUEZ MACKAY

09 de Agosto del 2018 - 07:00 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

El pasado 6 de agosto recordamos 73 años desde que Paul Tibbets, piloto norteamericano a bordo del Enola Gay, lanzó desde una de las naves B-29, por orden del presidente Harry Truman, la mortífera arma nuclear Little Boy sobre la ciudad japonesa de Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Tres días después, como hoy, jueves 9 de agosto, fue lanzada la segunda, la Fat Man, esta vez sobre la ciudad de Nagasaki. Murieron en el acto y en total, por los dos lanzamientos, más de 100 mil personas, y por las secuelas solo hasta fines de ese mismo año ya habían fallecido un total 210 mil. Estados Unidos sabía del cruento alcance de estas bombas desde que el propio Albert Einstein le advirtió al presidente Franklin D. Roosevelt, en una carta que le dirigió en 1939, que la desintegración nuclear en cadena podía producir una bomba atómica sumamente devastadora. Nada detuvo el objetivo de la Casa Blanca. El presidente Harry S. Truman, que asumió la Presidencia a la muerte de Roosevelt, y que había tomado esta decisión, antes había lanzado una proclama al Japón, junto con los líderes del Reino Unido, China y la Unión Soviética -la Declaración de Potsdam del 2 de agosto de 1945-, pidiendo al emperador Hirohito la rendición incondicional. La negativa del Imperio del Sol Naciente apresuró los lanzamientos nucleares, que nunca más se han vuelto a realizar en el mundo. Este hecho, junto al ataque de Manchuria el 8 de agosto de ese mismo año por las fuerzas rusas, que superaban el millón y medio de soldados, llevó a que Japón anunciara su referida rendición incondicional y total, lo que recién se hizo el 2 de setiembre siguiente a bordo del acorazado Missouri y ante el general MacArthur. Este nefasto episodio, que ha quedado en el registro de la historia, nunca más debe producirse. Es verdad que luego devino un tiempo de paz. La guerra había acabado. Nadie quería saber nada de más guerras y por primera vez la paz se convirtió en un concepto jurídico, imperativo y vinculante, dejando atrás la idea de ser un concepto solamente desiderativo. El mundo había cambiado y penosamente tuvo que ser luego del lanzamiento de dos bombas nucleares.

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