Un amigo aprista me dice que lo que la gente quiere es extinguir al APRA. Asegura que algún día se darán cuenta de que junto a los fujimoristas, tenían razón. Es un tipo inteligente, a quien considero que tiene una gran habilidad política. Pero, en este momento, es la persona que se está ahogando y rasguña a quien le extiende la mano para salvarla.
Estamos pasando días hablando de Alan García y del futuro aprista. Sin embargo, quienes están del otro lado, la militancia de la Casa del Pueblo, no ven la oportunidad que la ciudadanía les está brindando a ellos y a su partido. El hartazgo no es con la doctrina aprista, sino con quien la manipuló.
Deberían estar agradecidos de que la gente todavía reconozca en el APRA a una agrupación necesaria para el país, si es que se reforma. Grupos con ideología, con planes de gobierno. El problema no ha sido la institución, sino quienes se enriquecieron prostituyéndola.
En ninguna parte de los textos doctrinarios del aprismo dice que el líder y sus acólitos deben enriquecerse. Tampoco refiere que deben quemarse junto a quienes caen en desgracia. Menos que deben poner las manos al fuego por un procesado por corrupción. No obstante, lo están haciendo sin ruborizarse. Eso no es disciplina, eso es complicidad.
Cuando le comento que, por su organización, deben contar con nuevos valores en la política, mi amigo responde con enojo. “Quién, pues, va a surgir si la ciudadanía ve a todos los apristas como corruptos”. Perdón, todos se manchan por lo mismo que hacen ahora. Cerrar filas a favor de quien su íntimo círculo lo está acusando de coimero es un caro sacrificio.
De los grandes problemas surgen las mejores soluciones. El aprismo, aquel añejo grupo que gobernó dos veces el país, debe tener la capacidad de reinventarse, de alejarse del mal que lo persigue. No hacerlo es traicionar a su máximo líder Haya de la Torre. Así no van a conseguir la reconquista de sus electores.
El reinicio del aprismo
COLUMNA: Renato Sandoval