Opinión

​El rigor de la homofobia

Países que prohíben la incorporación de personas gay en las fuerzas armadas son la minoría

22 de Junio del 2019 - 07:35 Ariana Lira

“Delinéese las cejas, usted sea la generala del Ejército, ¡sau!”. Con estas palabras -dignas de adolescente disforzado, dicho sea de paso- se expresaba el conductor de televisión Phillip Butters sobre el jefe del Estado Mayor del Ejército, luego de que vistió el controvertido mandil rosado de la campaña “Hombres por la igualdad”.

No quisiera ahondar en este espacio sobre la campaña en sí -que considero tiene argumentos válidos a favor y en contra-, sino sobre un tema que el mismo Butters trajo a la mesa: la homosexualidad en el Ejército.

En el 2014, el Centro de Estudios Estratégicos de La Haya publicó un informe acerca da la situación de las personas LGTB en las fuerzas armadas alrededor del mundo. En ese entonces, países primermundistas como Nueva Zelanda, Holanda, Reino Unido y Suecia estaban entre los primeros puestos en inclusión, mientras que otros como Nigeria, Irán y Siria se posicionaban entre los menos inclusivos.

Hoy, los países que prohíben la incorporación de personas gay en las fuerzas armadas son la minoría. En el Perú, por ejemplo, no existe restricción legal alguna en ese sentido. Lamentablemente, la falta de barreras legales no ha eliminado el acoso homófobo que los militares homosexuales reciben dentro del Ejército, una tara social que se refleja con más fuerza aún en una institución que encarna la virilidad en su acepción más conservadora. Basta con recordar el escándalo que generó la escena homosexual entre cadetes en La ciudad y los perros de Vargas Llosa, que llevó al general José Marín Arista a decir que la novela era para atacar a las fuerzas armadas.

A raíz de la polémica por los mandiles rosados, conversé con un reconocido general en retiro del Ejército que, de forma triste y sutil, confirmó el infierno al que, a pesar del respaldo legal, sufren las personas gay en el Ejército: “Generalmente, un homosexual que ingresa (al Ejército) se retira solo, no aguanta el rigor”. Me pregunto qué entenderá por rigor. ¿El acoso? ¿Los insultos? ¿Los puños y patadas que cuesta ser gay entre uniformados? Porque si el Ejército no es para homosexuales, me pregunto dónde encaja el hecho de que -como me recordaba mi amigo Paco Flores- uno de los más grandes estrategas militares de la historia, Alejandro Magno, no era precisamente heterosexual.

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