La reciente intervención de la congresista estadounidense María Elvira Salazar sobre el puerto de Chancay se difundió en redes sociales a mediados de abril, en un diálogo grabado junto a Michael Kozak, funcionario del Departamento de Estado. Escuchar a una autoridad afirmar que el futuro gobierno peruano debería “recuperar” el puerto de manos chinas dejó una sensación extraña: la de quien opina con entusiasmo sobre un país que evidentemente no conoce.
Ambos parecen observar Chancay como si fuera una avanzada militar china en el Pacífico. El problema es que el Perú real queda bastante lejos de esa descripción.
La presencia china en el Perú no comenzó con Chancay. Comenzó hace más de 170 años. Miles de inmigrantes chinos llegaron a finales del siglo XIX, formaron familias, construyeron empresas y se integraron a la sociedad peruana con una naturalidad sin parangón en el continente. Hoy existen más de 19 mil chifas —restaurantes chinos— registrados. En cualquier distrito del país es más fácil encontrar un exquisito arroz chaufa que un buen ceviche. El verdadero arraigo chino en el Perú no está en un muelle. Está en la mesa.
Respecto al puerto, conviene aterrizar las cifras. Convertir Chancay en una amenaza naval comparable a la presencia norteamericana en el Pacífico, requeriría una inversión militar no inferior a los 20,000 millones de dólares —diques secos, arsenales, logística de guerra, combustible naval— sobre una infraestructura que en su primera etapa costó 1,300 millones y que, de completarse todas sus fases hacia 2034, apenas rozaría los 4,000 millones. Además, cualquier aventura de esa naturaleza tendría que pasar por encima de una Marina, un Ejército y una Fuerza Aérea institucionalmente alineados con Washington. No es un detalle. Es una muralla.
Por eso la intervención de la congresista Salazar resultó tan llamativa. Graciosa, además de desinformada. Y hay que decirlo con todo el respeto que merece una legisladora latinoamericana — porque ese apellido, Salazar, no es de origen sajón. Ni menos apache.
Quizá convendría que la congresista —o alguno de sus asesores— se diera un salto por Lima, pidiera un lomo saltado y preguntara al mozo de dónde es su familia. La respuesta contiene más geopolítica real que cualquier informe del Departamento de Estado.
Y si alguien duda del arraigo chino en el Perú, basta un último dato. La candidata que será sin duda la próxima presidenta es conocida en todo el país, con naturalidad y cariño, como “la China” — siendo ella de origen japonés. Eso no le importa a nadie; menos a ella. Porque en el Perú, China no es una amenaza geopolítica. Es parte de la familia. Que así sea. Y que el Departamento de Estado tome nota.