Opinión

El enorme legado de la batalla de ayacucho para américa

La Pampa de la Quinua fue la decisiva para sellar la independencia del Perú y América

09 de Diciembre del 2017 - 08:00 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

La connotación de la Batalla de Ayacucho (1824), que hoy recordamos en su 193° aniversario, es enorme y todos en el continente debemos tenerla muy presente en nuestro imaginario personal y colectivo. De todo el proceso libertador de la monarquía española, que incluyó un importante número de acciones bélicas, la desarrollada en la Pampa de la Quinua fue la decisiva para sellar la independencia del Perú y América. En buen romance, la declaración de la independencia del Perú por los notables de Lima el 15 de julio de 1821 o su proclamación solemne el 28 de julio siguiente, y con ellas, las primeras gestiones gubernativas del protector don José de San Martín y del primer presidente José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete (1823), incluso hasta la instalación del primer Congreso Constituyente peruano el año anterior, presidido por Francisco Javier de Luna Pizarro, no contaron con la calidad de actos jurídico-políticos en la plenitud de la soberanía esperada, pues se hicieron cuando dentro del naciente territorio nacional aún se hallaban las tropas realistas al mando del virrey La Serna. Por la victoria de Ayacucho, José de Canterac firmó la capitulación, que no fue otra cosa que el reconocimiento de la derrota militar de la monarquía, pero sobre todo el punto de quiebre en favor de la independencia continental definitiva. La batalla se dio en el momento senil del dominio español en América.

Fernando VII había recobrado el trono de un reino en crisis y debilitado por la invasión napoleónica. La capitulación reconoció el pago de una deuda en favor de España y de otra para los patriotas no peruanos que lucharon. Recién por el Tratado de París (1879), España reconoció jurídicamente la independencia del Perú y ambos países establecieron relaciones diplomáticas. Después de la gesta, el militarismo fue empoderado hasta por gran parte del siglo XIX. En 1928, el gobierno de Augusto B. Leguía reconoció la gesta del batallón peruano en Ayacucho, consagrándose a esta célebre batalla, el Día del Glorioso Ejército del Perú.

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