Las denominadas listas parlamentarias electas por voto preferencial son conocidas por la doctrina como “abiertas”, es decir, el elector decide a cuál candidato dirigir su voto. Una modalidad opuesta a las listas cerradas donde se decide la ubicación de cada candidato y que se asignará en orden al número de escaños obtenidos tras el escrutinio de la votación.
La bondad de las listas abiertas es evitar que la cúpula de partido coloque de modo arbitrario en los primeros lugares de la lista a sus más allegados; sin embargo, los defensores de las listas cerradas sostienen que esa modalidad asegura que los mejores cuadros políticos puedan conformar una sólida y experta bancada parlamentaria. Los dos tipos de listas, abiertas y cerradas, tiene sus pro y contras, los anglosajones apuestan por las primeras (EE. UU) mientras que los europeos continentales por las segundas (España).
La lista abierta es sin duda un ejercicio de libertad, pero implícitamente puede canibalizar al partido. El candidato compite contra sus propios compañeros y debilita la unidad. Sobre la lista cerrada, criticada como “dedocracia”, parte de una premisa tecnocrática asegurando que los expertos lleguen al Congreso sin depender de un concurso de popularidad.
Cuando no se toma en cuenta esta delicada diferencia los modelos mutan en su interior, pues, al permitir que invitados (deportistas, artistas, actores etc.) participen como candidatos, los partidos dejan de ser escuelas de formación política para convertirse en vehículos de alquiler. Se intercambia “fama” por “votos”, sacrificando la ideología y agudizando la informalidad en las democracias más débiles.