Hay una nueva palabra circulando por las redes que, curiosamente, podría explicar bastante bien la política contemporánea: “farmear aura”. El término viene del mundo “gamer”: “Farmear” que en buena cuenta significa acumular puntos repitiendo determinadas acciones; “aura” es esa mezcla de presencia, seguridad, carisma y capacidad de llamar la atención que hace que alguien parezca importante incluso antes de abrir la boca. En redes, la broma consiste en imaginar que cada gesto suma o resta “puntos de aura”. Si aplicáramos esa lógica a la política, descubriríamos que algunos candidatos llevan años entrenando para el campeonato mundial. Hay políticos que entran a una sala y automáticamente parecen estar presidiendo algo. Caminan despacio, saludan con seguridad, estrechan una mano, miran a las cámaras y consiguen que una actividad rutinaria parezca un momento histórico. Otros dominan el arte del silencio. Ante una pregunta incómoda no se apresuran: hacen una pausa, miran al periodista y responden con tres cortas palabras. No sabemos si tenían una estrategia o simplemente estaban pensando qué decir, pero la escena transmite control. Y después están los grandes farmers: quienes convierten una fotografía en un mensaje político. Una visita a un mercado, una caminata entre ciudadanos, una reunión con empresarios, un abrazo cuidadosamente capturado por la cámara. La política deja de ser solamente lo que se hace y pasa a ser, cada vez más, lo que parece que se está haciendo.
El fenómeno no es tan nuevo. La política siempre ha tenido teatro, símbolos y escenografía. La diferencia es que hoy cada ciudadano lleva una cámara en el bolsillo y cada gesto puede convertirse en contenido. Por eso el “aura” importa. Pero aquí aparece la trampa. El aura puede transmitir liderazgo, pero no necesariamente demuestra capacidad. Un político puede tener una presencia impresionante y ser un pésimo administrador. Puede caminar como estadista y gobernar como improvisado. Puede producir fotografías memorables y resultados mediocres. Pero ofrecer una explicación artificiosamente ensayada o fingir espontaneidad frente a una cámara, puede resultar letal y reducir puntos al autor. Y, sobre todo, una regla de oro: Si necesitas demostrar que tienes aura, probablemente ya la perdiste… En política, como en la vida, la verdadera autoridad no necesita demasiados efectos especiales. Porque una cosa es “farmear aura” y otra, mucho más difícil, es tenerla de verdad.