Opinión

Francisco y los jesuitas

Columna de Miguel Ángel Rodríguez Mackay

20 de Enero del 2018 - 07:00 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

El papa Francisco es jesuita, el primero de esta emblemática orden religiosa denominada Compañía de Jesús, que llega al solio pontificio en los 2000 años de existencia de la Iglesia. Fundada en 1534 por Íñigo López de Recalde, universalmente conocido como San Ignacio de Loyola, se trata de la mayor congregación masculina del catolicismo, cuya obra se extiende a los campos educativo, social, intelectual, misionero y de medios de comunicación, en los que ha tenido una vasta influencia teológica y espiritual. Los jesuitas han desarrollado una impresionante obra por los 5 continentes. Estuvieron en Portugal y toda Europa, India, Indonesia, Japón y China. Luego pasaron hasta Etiopía en África. Los jesuitas llegaron a América a finales del siglo XVI y fueron los grandes educadores en el continente. Al Virreinato del Perú llegaron en 1568 cuando el célebre San Francisco de Borja era el tercer Superior General de la Compañía de Jesús. Carlos III los expulsó en 1767 de todos los dominios de la Corona por la gran influencia que llegaron a tener y percibirlos erradamente como conspiradores del poder monárquico. Fueron restablecidos en 1814 por el papa Pío VII. Por el Concilio Vaticano II (1962-1965) y la Conferencia del Consejo Episcopal Latinoamericano en Medellín (1968), se produjo una fuerte toma de conciencia de algunos sectores de la Iglesia, entre ellos, los jesuitas, quienes pregonaron la reflexión profunda sobre la pobreza en la región. Francisco, desde que ingresó en la orden, se ha mantenido pegado a esta reflexión jesuita, donde sobresale la preocupación por la justicia social y la formación cultural. En 1968 fue restablecida la Provincia Peruana. En Perú cuentan unos 170 jesuitas, y la reunión que mantuvo ayer con ellos en la Iglesia de San Pedro ha tenido carácter histórico. Dos jesuitas relevantes en nuestra historia reciente aunque ya no están con nosotros: Felipe Mac Gregor, creador de la Cultura de Paz, y Armando Nieto Vélez, eminente historiador, ambos por sus enormes méritos intelectuales ungidos en vida a la membresía de miembros titulares de la prestigiosa y centenaria Sociedad Peruana de Derecho Internacional.

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