En el debate público suelen confundirse los conceptos de gobierno, gobernabilidad y gobernanza; pueden parecer sinónimos, pero, en realidad, describen dimensiones distintas y complementarias del ejercicio del poder político. Nos corresponde describir sus matices para saber diagnosticar nuestra democracia. El gobierno es el conjunto de instituciones y autoridades que poseen la legitimidad constitucional para tomar decisiones y representa la arquitectura formal. Sin embargo, es una estructura que no garantiza el éxito sin la gobernabilidad, es decir, la capacidad para procesar las demandas sociales y convertirlas en soluciones eficaces. En consecuencia, un país puede tener un gobierno electo en las urnas, pero carecer de gobernabilidad si la polarización política o la ineficiencia administrativa bloquean la acción estatal.
La gobernanza, en cambio, es un modelo de gestión del siglo XXI. A diferencia de la estructura vertical del gobierno, la gobernanza propone una red horizontal donde el Estado, el sector privado y la sociedad civil colaboran para la solución de problemas comunes mediante eficaces canales de control ciudadano; precisamente, la crisis de las democracias contemporáneas nace por la ausencia de alianzas público-privadas en favor del bien común.
Los gobiernos que se aíslan en su autoridad formal corren el riesgo de fracasar, al ignorar que la gobernabilidad también depende de una gobernanza abierta y participativa. Por eso, el reto del constitucionalismo no solo es diseñar instituciones fuertes, sino garantizar que tengan la suficiente flexibilidad para dialogar con una sociedad civil activa y exigente. Sin este juego de equilibrio, el poder corre el riesgo de convertirse en una cápsula vacía.