La crisis del Ministerio Público ha llegado a un punto insostenible. La pugna entre la fiscal de la nación, Delia Espinoza, y la repuesta por la Junta Nacional de Justicia (JNJ), Patricia Benavides; ha dejado a la institución atrapada en un fuego cruzado que la debilita ante a la ciudadanía y sus responsabilidades constitucionales. Frente a este panorama, se ha abierto paso la idea de una reforma. Y sí: el Ministerio Público necesita cambios profundos, pero no bajo las condiciones actuales. Que congresistas investigados por corrupción, lavado de activos o crimen organizado promueven “reorganizaciones” y recortes de competencias revela más cálculo político que genuina voluntad de fortalecimiento institucional. La reforma es necesaria, pero debe surgir de un gran acuerdo político que incluya a todas las fuerzas democráticas y sectores sociales, y que garantice legitimidad. Y, sobre todo, debe ser liderada por el propio Ministerio Público. Es esta institución la que debe asumir la responsabilidad de reformarse a fondo: para recuperar credibilidad, asegurar su autonomía y enfrentar con firmeza el crimen y la corrupción. Ese proceso, además, debe ser prioridad del próximo Congreso, no del que está de salida, porque si bien urge reformar, aún más urgente es hacerlo bien.
Hay que reformar, pero debe hacerse bien (EDITORIAL)
Editorial Correo