Keiko Fujimori sabe muy bien que no lidera un proyecto convencional de gobierno. Y si no lo sabía, a estas alturas, ya debe haberse dado cuenta.
Encabeza una gestión que intentará ser demolida a toda costa, a la que se buscará apedrear, acorralar, vapulear, someter y derribar. Que caiga el régimen Keiko es el sueño de quienes no solo aplaudieron cada uno de sus tres encarcelamientos, descorcharon el champagne más representativo de su encono en cada derrota electoral y adornaron con cotillón su beneplácito extremo por la muerte de su padre.
Son los que soslayaron a los socios de Sendero Luminoso con tal de evitar su llegada al poder.
El odio es tan extremo que muchos no se molestan en ocultarlo. “Están a un paso del abismo, dejad que lo den”, tuitea Mesías Guevara.
“Gobierno anuncia subsidios y mesas de diálogo, pero la ayuda no llega. Respaldamos esta justa protesta y exigimos soluciones inmediatas”, protesta Ernesto Zunini sobre el paro de transporte en Iquitos.
Hay tres mociones de interpelación a tres ministros que no han cumplido un mes en el cargo. Con la sangre en el ojo, JP encabeza esta asonada disfrazada de control político.
Que caiga el fujimorismo es lo que importa y que el país caiga con él es lo de menos, es el daño colateral, es la cuota a pagar para saciar el agrio despecho que se fermenta en el alma.
Esta emboscada en ciernes no la tuvieron ni Toledo, ni García, ni Ollanta, ni PPK, ni Castillo. Keiko debe saber que será el primer gobierno sin margen de error, sin tregua ni luna de miel. Hay fauces lobunas esperando saciar su voraz apetito.
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