Opinión

Hijo de Dios

COLUMNA: JAVIER DEL RÍO ALBA

14 de Enero del 2019 - 07:00 Javier del Río Alba

La fiesta del Bautismo del Señor nos recuerda que Jesús no inició su vida pública predicando ni llamando a conversión a la gente, sino poniéndose en la fila de los pecadores que acudían a Juan para bautizarse. Lo hizo así porque, como Él mismo lo declaró un tiempo después: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mt 9,13), ya que “no necesitan médico los que están sanos sino los enfermos” (Mt 9,12). Jesús vino al mundo para salvar a los hombres que estábamos, de por vida, sometidos a la esclavitud del pecado. Con esa finalidad, se hizo semejante a nosotros y, aunque jamás cometió pecado alguno, se hizo pecador por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en Él (cfr. Hb 2,15-17; 2 Cor 5,21).

Su bautismo en el Jordán es, entonces, la primera señal que Jesús da de que ha venido al mundo para librarnos de la muerte eterna. Descendiendo a las aguas del Jordán, Jesús santifica las aguas e instituye el sacramento del bautismo, en virtud del cual los cristianos participamos sacramentalmente en su muerte, nuestros pecados son perdonados y recibimos el don del Espíritu Santo, que nos hace nacer a una vida nueva, como hijos de Dios, para entrar en el Reino de los Cielos (cfr. Jn 3,5). Por eso el papa Francisco dice siempre que es muy importante que sepamos la fecha de nuestro bautismo, la celebremos y demos gracias a Dios por el don de la fe (Audiencia general, 9.I.2019). Nuestro bautismo proviene del acto de amor por el cual, en la cruz, Jesús se abandona totalmente en las manos de su Padre en expiación de nuestros pecados. Como escribió San Ambrosio, “él padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres salvado” (CEC 1225). ¿Cómo no vivir para él, que murió y resucitó por nosotros? ¿Qué sentido puede tener renunciar a ser hijos de Dios por una vida de pecado que solo lleva a la muerte?

tags