Opinión

Honduras, gota a gota

Columna de Miguel Ángel Rodríguez Mackay

02 de Diciembre del 2017 - 07:00 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

Las elecciones para elegir al nuevo presidente de Honduras, país centroamericano de casi 9 millones de habitantes, fueron el último domingo y casi al cierre de la semana no solamente no hay resultados oficiales sino que -lo más preocupante a estas alturas- el candidato de la Alianza de Oposición, Salvador Nasralla, que en el primer conteo de votos del pasado 26 de noviembre apareció con 5 puntos por encima del actual presidente y también candidato, Juan Orlando Hernández, ahora habría sido desplazado al segundo lugar, previéndose que el mandatario tendría 42.6% de los votos mientras que el expectante Nasralla llegaría muy cerca con el 41.6 %. Llama poderosamente la atención que el proceso electoral se muestre tan lento, creando un clima de incertidumbre. En este contexto, lo que más aparece en el espectro político-social del país es la consumación de un fraude promovido por el propio Gobierno, y -por supuesto- con todas las miradas fijadas en el Tribunal Electoral. Razones para ello ya han sido expuestas por la oposición al advertir la cercanía de Nasralla, conocido hombre de la televisión hondureña, al defenestrado presidente Manuel Zelaya; este exmandatario fue destituido (2009), luego expulsado del país y finalmente reemplazado por Roberto Micheletti, tildado de haber sido el verdadero autor del consumado golpe de estado contra Zelaya. La situación en Honduras es muy delicada y podría sobrevenir una etapa de manifestaciones sociales que llevarían al país a un clima de mayor desestabilización. La comunidad internacional -que ya le puso el ojo a Honduras desde el 2009- sigue muy atenta al desenlace de unas elecciones ya cuestionadas. No hay nada que hacer: los gobernantes de los países de la región y los sistemas políticos intraestatales siguen mostrándose sumamente frágiles a la hora de enfrentar los procesos de la alternancia del poder. Este es un asunto de fondo que la Organización de los Estados Americanos-OEA debería llevar -una vez más- a la reflexión a la luz de la Carta Democrática Interamericana y -desde luego- de la propia Carta de la organización

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