A pocos días de iniciar el año, todavía no hay señales que el 2022 será mejor. Ya es momento que el presidente pedro Castillo se saque de la boca la palabra “pueblo” y la ponga en sus actos. El pueblo necesita más que nunca planes para que se detenga el precio de los combustibles, los alimentos y los servicios básicos. El país ya no tolera a un presidente incapaz, inseguro y vacilante que no toma decisiones a favor de la gente. Y encima no asume sus errores y grita desaforado en plazas echándole la culpa a los que gobernaron antes. No entiende que el enemigo no es el pasado sino la inoperancia para construir el futuro.

El mandatario insiste con que otros le están viciando la atmósfera y arremete hasta contra la prensa. Sería mejor ser tolerante y conocer que las denuncias, con todas las pruebas del caso, son siempre constructivas, jamás destructivas. Destruye más el ayayerismo de su círculo de poder y del servilismo de los extremistas que lo rodean.

En su libro “11 Poderes del Líder”, el argentino Jorge Valdano dice que “el líder es como una azafata de avión cuando entra en una zona de tormenta. ¿Qué hace un pasajero? Mira a la azafata a ver si tiene cara de pánico o está sonriendo”. Hoy por hoy, el silencio, los gestos destemplados y el rumbo errático de Pedro Castillo lo dicen todo. En esta tormenta, el Jefe de Estado no sabe qué hacer.

El problema es que la sensación de desgobierno y caos recorren el mundo en segundos y los inversionistas hacen zapping para mirar otros países  con mejores condiciones. Lo peor es que no solo desconfían los mercados sino también los peruanos, quienes no sienten la menor simpatía por la política y mucho menos por los que la ejercen.