Opinión

Jacobinos

COLUMNA: MARTÍN SANTIVÁÑEZ

19 de Julio del 2018 - 07:00 Martín Santivañez

Cuando Saturno empieza a devorar a sus hijos, no hace distinción. Casi todos los miembros de la Convención que dirigía los destinos de la Revolución Francesa tomaron partido ante una disyuntiva muy sencilla: guillotinar o ser guillotinados. Vergniaud y los girondinos, Hébert y los sans culottes, Danton, Desmoulins y su nido de pactistas, Hérault de Seychelles, Fabre d’Eglantine y también, por supuesto, el promotor del terror, Robespierre, y su guardia pretoriana encabezada por Saint-Just y Couthon. Con ellos perecieron un centenar de partidarios. Guillotinaron y fueron guillotinados.

Los jacobinos iniciaron el terror rojo durante la Revolución Francesa, hasta el punto que se hizo famosa una lámina de propaganda inglesa titulada “Robespierre guillotinando al verdugo después de haber guillotinado a todos los franceses”. “El Incorruptible”, como se conocía a Robespierre, logró unir a todas las fuerzas de la Convención en su contra, porque su mezcla radical y maniquea (dos cucharaditas de terror disueltas en la leche de la virtud, escribió el gran Pedro J. Ramírez) condenaba a Francia al adanismo político y al totalitarismo de la sospecha. El terror genera ese efecto en la clase dirigente: la mueve a actuar para sobrevivir. Los sobrevivientes de las purgas del Directorio, ante la banalidad de las últimas acusaciones del “Incorruptible”, pasaron directamente a la ofensiva y en una sola maniobra enviaron al patíbulo al más furioso de los revolucionarios. En una revolución, todos son culpables.

Stefan Zweig advirtió que el pecado original de la Revolución fue “embriagarse de palabras sangrientas” porque “los hechos siguieron fatalmente a las expresiones frenéticas”. Destrozadas las instituciones, encendido el pueblo, liquidada la clase dirigente, Fouché y Talleyrand avalaron la transformación de la República en el Imperio. Era la hora de Napoleón.

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