Opinión

Keiko: usted es la culpable

Tan de moda está cargarse contra la “China” que hasta un exabogado de su padre, a propósito de la anulación de su indulto, le endilgó responsabilidad por no haber llorado antes

06 de Octubre del 2018 - 07:29 Eugenio D'Medina Lora

Como en la conocida balada de Luis Miguel, “usted es la culpable” pareciera ser la consigna contra Keiko Fujimori para todo lo malo que ocurre en el país. Tan de moda está cargarse contra la “China” que hasta un exabogado de su padre, a propósito de la anulación de su indulto, le endilgó responsabilidad por no haber llorado antes (¿¡). Y es que este hecho ha terminado de desencadenar toda esa mezcla de misoginia, envidia, racismo y antipatía pura y dura que configura el odio fundamentalista contra Keiko. No ha sido responsable de ningún presupuesto público, ni fue funcionaria pública en los noventa, ni tiene una acusación por violación de derechos humanos, ni desempeña un puesto de poder en el Estado. Pero se le culpa desde corrupción hasta del desgobierno. El odio que convoca es compartido, incluso, por algunas feministas que se desgañitan por la vulnerabilidad de las mujeres y la imperiosa necesidad de protegerlas con tratos especiales. Pero es tan enfermizo el odio a esta mujer, que ahora tanto fujimoristas como antifujimoristas se unen, en convergencia contranatura, para “acusarla” de no haber “mirado para otro lado” y dejar pasar el cambalache que permitió canjear la vacancia de Kuczynski por la libertad de Fujimori. Hay que estar demasiado confundido para creer que ella disfrute que su padre vuelva a prisión y que haya actuado deliberadamente para impulsar la anulación del indulto. ¿Qué pasaba si se volvía cómplice del infame trueque? Fácil. Toda la prensa la habría acusado de traicionar al Perú poniendo sus intereses personales y familiares por encima de la ley, además de ser oportunista, manipuladora y malévola. Es decir, hiciera lo que hiciera, la iban a liquidar. Keiko optó por hacer lo correcto. Pero no importa, Keiko: usted es la culpable. Amén. Después de todo, odiarla es religión.

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