Opinión

La banalización de los audios

Hizo bien el presidente Vizcarra en focalizar su mensaje en la reforma del sistema de justicia y en dar un rol principal a la ciudadanía para definir vía referéndum los temas que angustian al país

04 de Agosto del 2018 - 07:30 María del Pilar Tello

La corrupción multiforme y ubicua es protagonista del escenario político. Hizo bien el presidente Vizcarra en focalizar su mensaje en la reforma del sistema de justicia y en dar un rol principal a la ciudadanía para definir vía referéndum los temas que angustian al país. No obstante, mientras ello sucede, una niebla paralizante distribuye sospechas, desconfianzas y acusaciones sobre todos. Los audios, que empezaron con mucho impacto, comienzan a ser muchos y difundidos selectivamente en una carrera por acaparar atención para que todos levantemos el dedo acusador.

Los problemas del país son demasiados para la economía y para la sociedad, aunque hoy están ausentes de la preocupación general. Muchos funcionarios que deberían tomar decisiones están bajo amenaza de un audio que podría ser irrelevante, pero en la dinámica instalada hace culpable a quien sea mencionado. Está bien que el país se concentre en la reforma de la justicia y en la lucha contra la corrupción; sin embargo, no podemos perdernos en una marea que nos arrastre sin control posible, ni en un aquelarre de todos contra todos. Si -como parece- existen miles de audios y estos son entregados a diversos medios sin distinguir entre lo importante y lo baladí, nos destruiremos entre todos; ya que nadie gana en una guerra de desconfianza y sospecha generalizada. Repudiamos el tráfico de influencias de magistrados que han hecho de la coima su forma de vida, pero no podemos repudiar igualmente a quienes participan de conversaciones intrascendentes. Hoy almorzar con un involucrado, incluso sin expresar interés particular, equivale a la vindicta pública. Los juicios mediáticos están la orden del día sin presunción de inocencia, ni garantía de dignidad ni respeto. Todos queremos luchar contra la corrupción, aunque no al precio del bloqueo institucional y de la destrucción generalizada de reputaciones. Cuidado, no arrojemos al bebe con el agua sucia.

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