Opinión

La corrupción en tiempos de la posverdad

Columna de Eugenio D’Medina Lora

23 de Diciembre del 2017 - 08:40 Eugenio D'Medina Lora

Los 79 votos para la vacancia del Presidente no alcanzaron para despojarlo de su investidura dentro de las reglas de juego democráticas. Kuczynski acertó en no renunciar, porque contó con algo: el ganar tiempo le permitiría “persuadir” a algunos que inicialmente lo querían vacar. Y si bien es cierto que hasta el mismo día de la votación, ambas partes negociaban votos, es claro que desde el Ejecutivo es donde existe mayor capacidad para hacerlo, que puede ofrecer desde asignaciones presupuestales hasta ministerios. Poco importó, entonces, la solidez y abundancia de cargos en contra e incluso la frondosa narrativa del abogado del Presidente.

Dos hechos insólitos quedaron. La izquierda le salva el cuello al que por decenios consideraron el representante más logrado de todo cuanto supuestamente combaten ideológicamente. La imagen de Manuel Dammert, cartelito en mano perdonándole la vida al enemigo emblemático, quedará en la historia. Y el fujimorismo rescata a quien lo vapuleó de adjetivos, por cortesía de Kenji Fujimori, quien al parecer, habría decidido canjear indulto por corrupción o “darle el vuelto” a su hermana. En cualquier caso, los congresistas que decidieron con él boicotear la votación de su propio partido deben tener fuertes resentimientos con la cúpula, pero justo este no era el momento ni el escenario para hacerlos sentir.

El espejismo del triunfo presidencial se desvanece al comprobar que Kuczynski obtuvo apenas el 15% del respaldo congresal. Lo que se viene para la gobernabilidad es muy malo. Y para la democracia, también. Pero el blindaje a la corrupción, especialmente a esa de cuello blanco y maneras de cóctel, demostró que está más fuerte que nunca. Se le llama ahora “defensa de la institucionalidad”. La única corrupción perseguible es “la otra”, la de “los otros”. Después de todo, son tiempos de la posverdad.