Al inicio del 2022, no debe ser difícil para los peruanos comprender que la democracia es el gobierno del pueblo, es decir, de todos y para todos los que forman parte de la sociedad nacional, integrada por ricos y pobres, eruditos e ignorantes, etc. Es el sistema político más idóneo para la regencia del poder. Aunque también fue una reacción frente a las monarquías absolutas en la vieja Europa, erradamente se cree a la democracia incompatible con las monarquías, con las que más bien entra en armonía como es el caso del Reino Unido o Marruecos, donde impera la denominada monarquía constitucional con plena garantía del ejercicio del sufragio universal.

La democracia expresa la voluntad de las mayorías -esa es su pétrea excelsitud garantista-, quienes legitiman el uso y la administración del poder político, por lo que no aceptarlo es caer en las tinieblas de la intolerancia y la obsecuencia. La mayoría siempre se contará a partir de la mitad más uno de las voluntades individuales y esa realidad matemática produce una realidad jurídica del imperio político de los que son más sobre los que son menos. No es que las mayorías tengan el poder por absoluto; sin embargo, aunque siempre serán las que decidan -es una regla básica de la democracia-, las minorías deben ser consideradas y respetadas.

Cualquier tenencia del poder que no emane de la voluntad ciudadana califica de usurpación del poder político y el pueblo, que es el soberano, tiene expedito el derecho de insurgencia (Art. 46 de la Constitución del Perú). El verdadero poder político es el democrático y éste deviene de las urnas o de la Constitución del Estado que yace investido a exclusividad de soberanía, lo que no tiene ningún otro sujeto del derecho o actor político internacional. Cualquier otra forma de tenerlo: complot, bullying político, etc., siempre será ilegal e ilegítimo.

En democracia la tolerancia es una expresión superlativa de su naturaleza, por lo que hay que saber ganar y hay que saber perder. La democracia siempre es convencional y es pacto social por encima de las ideologías, por lo que es imperativo aceptar los acuerdos y la alternancia del poder, de lo contrario se pierde ipso iure de la legitimidad para ejercerlo. Finalmente, es verdad que la democracia es imperfecta, pero es lo mejor que contamos. ¡Cuidémosla!