La estrategia es clara: suavizar la imagen y establecer contacto directo como eje comunicación. Las campañas ya no se ganan únicamente con discursos ideológicos ni con mítines multitudinarios. Hoy, la batalla principal se da en la mente del elector.
Para comprender una estrategia política: basta observar los mensajes y contenidos que difunde un candidato para identificar hacia qué público va dirigido.
Cuando un candidato habla de todo y de nada al mismo tiempo, generalmente revela que no tiene mensajes y mucho menos estrategia.
En el caso de Keiko, el mensaje parece concentrarse en suavizar su imagen y contacto directo. No es casualidad verla en TikTok, preparando loncheras de sus hijas, hacer ciclismo en Lima y visitar a los Uros en Puno.
Todo forma parte de una narrativa diseñada para disminuir la distancia emocional entre ella y un electorado que rechaza a los políticos.Después de tres derrotas presidenciales y con altos niveles de rechazo, cualquier estratega tradicional habría recomendado cambiar de candidato porque una candidatura con demasiados negativos es inviable.
En consecuencia, el principal objetivo es reducir los niveles de rechazo antes que saber por quién se votará si las elecciones fueran al día siguiente.La estrategia, por ahora, no se centra en convencer mediante propuestas técnicas o debates ideológicos y sin alianzas electorales.
La prioridad es generar empatía. Construir una figura menos rígida y más cercana. Mostrar a una Keiko menos política y más humana.
Las visitas a viviendas en sectores populares, las conversaciones cara a cara y los recorridos territoriales recuerdan a las campañas de cercanía en otros países, como los “timbreos” impulsados por Mauricio Macri en Argentina.La estrategia de Keiko parece entender algo importante: la elección no solo se disputa en el terreno racional, sino también en el emocional.
La política dejó de ser únicamente un debate de ideas para convertirse en una competencia por conexión humana.Queda por ver si esa estrategia será suficiente para revertir años de polarización y rechazo. Porque una imagen puede suavizarse, pero la memoria política de un país nunca desaparece del todo.