Una estrategia es sólo un método que empleamos para hacer algo. Si queremos cruzar un río, atravesar un desierto o ganar una elección, tenemos que tener una estrategia; la misma que no es otra cosa que un plan de ataque preconcebido, donde vamos midiendo el impacto de nuestras propuestas, la forma en que nuestros adversarios reaccionan y las respuestas previstas para los ataques previstos. Este plan de lucha es lo que constituye una estrategia. Cuando ésta se desarrolla de acuerdo con nuestros planes, eso se llama coherencia estratégica, y el resultado casi siempre es la victoria. Por lo general, una estrategia tiene tres pilares: el candidato, el candidato y el candidato; lo cual quiere decir que la estrategia es inseparable de la personalidad del candidato. Lo segundo de una estrategia -y esto es lo esencial- es cómo nos diferenciamos de nuestros competidores para luego posesionarnos de uno o dos temas que hagan la diferencia en el debate y le obliguen a decir a los electores: “A este tipo le voy a votar”. Lo tercero de una estrategia, y éste es un error que cometen la mayoría de los candidatos, es confiarle a un publicista extranjero la elaboración de su estrategia. Si dejamos que el marketero haga este trabajo, por su mismo desconocimiento de las complejidades de nuestro pueblo, tenderá a darle más peso a la forma que al fondo, con el resultado de una publicidad posiblemente bella e imaginativa, pero incapaz de conectarse emocionalmente con el pueblo. A lo que un marketero debe abocarse es a corregir algunos defectos, pulir algunas aristas y, sobre todo, aportar su experiencia en materia de investigación y comunicación; pero lo que nunca se le debe permitir hacer es reemplazar la intuición del candidato y su conocimiento de la mentalidad popular. En suma, un marketero ayuda, no dirige; es un auxiliar, no un director; es un empleado para vender un producto, no un jefe de campaña. Esos expertos en marketing que pasan por Lima afirmando que han ganado 20 o 30 campañas son sólo charlatanes buscando una “peguita”. Las campañas las ganan los candidatos, no los publicistas. Cuando el candidato es el adecuado, casi todo el trabajo ya está hecho; cuando es mediocre, ni aun la astucia del diablo le haría ganar. Por haber olvidado este detalle, es decir, que la estrategia la hace el líder y no los trompeteros, Lourdes Flores regaló la Presidencia por dos veces consecutivas.