En el escenario electoral, las denuncias contra algunos candidatos, como un exrector sindicado de malversación de fondos, chocan con una muralla de negación. Según las encuestas, el citado candidato no ha tenido reducción en sus preferencias. Los electores las desestiman tildándolas de “guerra sucia”. ¿Por qué ocurre esto? La ciencia política responde que se deben a mecanismos psicológicos.
El primero es el “sesgo de confirmación”. Según el psicólogo Peter Wason, evitamos instintivamente la información que desafía nuestras creencias. Un elector convencido de la superioridad moral de su líder filtrará la realidad, consumiendo solo lo que valide su postura. Frente a la evidencia entra en juego el “razonamiento motivado”. Ziva Kunda distingue entre metas de exactitud (queremos la respuesta correcta) y metas de dirección (queremos la respuesta que nos favorece). Así, no se evalúa racionalmente los presuntos comportamientos ilegales y racionaliza la falta. El cerebro fabrica excusas argumentando que el fin justifica los medios. Ernesto Laclau explica que el populismo divide el campo social en dos: “Nosotros” (el pueblo) vs. “Ellos” (el poder establecido). Ello permite la redefinición de la corrupción. La moralidad se vuelve secundaria frente a la lucha política y se “desvía” la mirada al ataque soslayando el hecho denunciado.
Comprender esto es fundamental para diseñar estrategias de comunicación política que logren penetrar las diferencias del elector peruano. Es inaceptable que la corrupción sea percibida como ataque y que la lealtad forjada partiendo del engaño populista supere a la ética pública.