La gran estafa describe la penetración comunista en el Perú durante la primera mitad del siglo pasado y el desencanto que produjo en Eudocio Ravines, autor del libro, la degradación moral de sus abanderados internacionales, derivada del poder omnímodo que lograron acaparar y que utilizaron para esclavizar a sus pueblos. El autor también comparte memorias de juventud, entre las que destaca su experiencia estudiantil. Recuerda con asombro la versatilidad de su profesor de castellano, así como su vasto y admirable conocimiento de los clásicos. Otro maestro, según relata, conmovía a la clase hasta las lágrimas describiendo el proceso a Sócrates y recitaba trozos de Esquilo y de Eurípides, de Sófocles y de Platón. Un tercer profesor se deleitaba y deleitaba a los alumnos describiendo los desvaríos de los Borgia y exaltando la figura y el pundonor reformista de Martín Lutero. El profesor de geografía, finalmente, “como en una alfombra mágica”, conducía en paseo virtual a sus alumnos por el Támesis y el Sena o por las catedrales de Chartres, Notre Dame o Burgos. Aquellos sobresalientes maestros no enseñaban en el colegio Roosevelt o en el Santa María, que por aquellos tiempos no existían; ejercían la docencia en el Colegio Nacional San Ramón de Cajamarca. ¿Cómo explicar la involución de la educación pública desde los niveles de excelencia de principios del siglo pasado hasta el deplorable nivel actual? Para comenzar, reconociendo que los profesores mismos, me refiero a los actuales, fueron timados por el sistema de la educación pública en el Perú. Su inadecuado nivel es consecuencia de ella. De lo contrario, quienes con nobleza respondieron al llamado de la vocación magisterial cumplirían exitosamente su tarea, pero, lamentablemente, no es así, tal como se desprende del pobrísimo rendimiento académico de los alumnos y del desalentador resultado de la reciente evaluación a los maestros. Para reconstruir la educación pública se requiere la decisiva participación del vecindario y de los padres de familia en la administración de los colegios, por lo menos en las zonas urbanas; instaurar la meritocracia y la consecuente diferenciación retributiva para incentivar a los buenos maestros; apelar a los métodos informáticos y a la televisora del Estado para suplir las más clamorosas carencias; desconocer los títulos otorgados por institutos seudopedagógicos, dedicados a engañar a aspirantes a docentes. Más importante aún, debiera entregársele bonos a los padres de familia para que escojan dónde educar a sus hijos y para que puedan optar por la educación privada si lo juzgaran conveniente. Fomentando la competencia y reduciendo la injerencia burocrática al mínimo, los niños del Perú tendrían la oportunidad de escapar de las frustraciones que limitaron las posibilidades de desarrollo de sus padres.