Esta semana que termina han quedado claras tres cosas respecto al accionar de Juntos por el Perú (JPP). La primera es que al menos en el Senado, el que mueve los hilos es Roberto Sánchez, quien ha sido contratado como asesor de la bancada; la segunda, es que están decididos a oponerse a lo que sea con tal de sabotear a un gobierno que recién empieza, y por lo tanto al país; y la tercera, es que para sus fines son capaces de soltar cualquier vulgaridad que a la larga no hará más que degradar aún más al Congreso.
Sobre lo primero. Hemos visto al derrotado Sánchez moviéndose en el hemiciclo y hablando al oído a los senadores que parece manejar a su antojo. Lo vimos el día en que se debatía la ratificación de Julio Velarde en la Presidencia del Banco Central de Reserva, el viaje de la presidenta Keiko Fujimori a Estados Unidos y se explicaba el ingreso del Perú al Escudo de las Américas como una herramienta multinacional de lucha contra la criminalidad que tiene en jaque a la ciudadanía.
Y lo primero viene atado a lo segundo, pues en dicha sesión y también ante el pedido de facultades legislativas por parte del Poder Ejecutivo, va quedando claro que las bancadas de JPP –el partido aliado con el Movadef, Antauro Humala y la minería ilegal, y que tiene en sus filas a gente de espanto como Humberto Morales, Iber Maraví, César Tito, Julián Pérez, José Castillo y Yenifer Paredes– están dispuestas a oponerse a lo que venga. Parece que su consigna es: “propongan algo para decir que no”.
Otra cosa que ha quedado en evidencia esta semana es que para tales fines, los ahijados de Sánchez y Humala, no dudan a apelar a la grosería y la vulgaridad. Lo vimos con el senador Maraví ante el canciller Carlos Espá, y con el diputado Jesús Pérez, quien se puso malcriado con el ministro del Interior, César Astudillo, el que hizo bien en retirarse del hemiciclo hasta que llamen al orden a ese impresentable que luego se puso a hablar en quechua, como para que nadie lo refute.
Nada bueno aporta al país esta gente que solo sabe, aparte de obstruir, repetir la palabra “pueblo”, tal como lo hacía el golpista y limitado Pedro Castillo, al que todos estos personajes de la izquierda más arcaica y destructora parecen tener como ídolo. Ya sabemos a dónde estarían llevando el país Sánchez y su partido, en caso de no haber perdido las últimas elecciones por apenas 42 mil votos, casi nada. Algo de cierto debe tener esa frase que dice que “Dios es peruano”.