Opinión

La mentira en el derecho

Desnudada la mentira, mantenerse en el cargo se hace incompatible con la superior y universal confianza exigida para ostentarlo.

05 de Agosto del 2018 - 08:37 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

La mentira, grave o piadosa, en general no corresponde a los fueros del derecho. De serlo, las cárceles estarían desbordadas. Sí lo es para la moral y para las reglas de trato social y, algunas veces, para la ley cuando así está tipificado (ejemplo: delitos contra la fe pública). Volvamos. En la mentira se impone la censura o rechazo social y es relevante -sea agravada o piadosa- cuando el mentiroso es una autoridad. No siendo un delito para renunciar a un cargo, no es necesario que se consuma.

Desnudada la mentira, mantenerse en el cargo se hace incompatible con la superior y universal confianza exigida para ostentarlo. Si el expresidente Alejandro Toledo, que negó que Zaraí, su hija, lo fuera, se hubiera resistido hasta el final a la prueba de ADN para dilucidar el enigma y, solamente obligado a someterse al examen, quedara confirmado que lo sea, hubiera relievado su probada mentira, no quedándole otro camino que renunciar a la Presidencia. Nada de eso pasó porque reconoció a Zaraí. Sigamos. Los jefes de Estado cuando renuncian ante la inminencia de su destitución por mentirosos, como pasó al estadounidense Richard Nixon por el escandaloso caso de Watergate (1974), o al advertir que lo serían por incapacidad moral, como le sucedió a Pedro Pablo Kuczynski, lo hacen por conductas morales antes que por delictivas. Contrariamente, Alan García presentó a todo el país a su hijo Danton, fruto de una relación extramatrimonial, junto a su esposa Pilar Nores, precisando que fue concebido cuando ambos estuvieron separados, anulando cualquier censura social o política por adúltero. Había dicho la verdad.

También le pasó a Bill Clinton, apenas revelada su relación extramatrimonial con Monica Lewinsky. Pidió perdón a su pueblo y el Senado de su país lo exoneró (1998), pues la verdad es un valor muy apreciado en la idiosincrasia anglosajona. Por la mentira se cae al abismo de la ilegitimidad, que constituye la columna vertebral para administrar el poder de una sociedad política. La ilegitimidad, que es el imperio de la desconfianza, contagia a la legalidad haciendo crisis en la gobernabilidad de un Estado, por lo que sin ella se debe renunciar imperiosa e inexorablemente.

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