Isabel Allende ha publicado un libro que se divide entre el manual de escritura creativa y una biografía literaria. El resultado es una llamativa publicación titulada “La palabra mágica. Una vida escrita” (Plaza & Janés, 2026), donde la novelista abre las puertas de su habitación propia para mostrar lo que sabe sobre el arte de narrar después de publicar más de treinta libros. Son diez capítulos, junto a un apartado extra, en los que adelanta que publicará sus últimas memorias, en los que da consejos sobre escritura, con un decálogo final a manera de resumen de cada tema. Aunque hay consejos que se repiten hasta el cansancio en este tipo de libros, puedo resaltar la pasión que tiene Allende con la escritura, la palabra, la imaginación, la ficción y sus compromisos sociales. A sus 83 años, lo que más teme es no poder escribir, lo que ha hecho toda su vida a escondidas en un comienzo, de noche, robándole horas al sueño, creándose espacios físicos para traer libros que, en sus palabras, nacen desde su barriga. Tiene muy buenos consejos. Pide a los escritores que no se agoten inventando, sino que recuerden el pasado de sus pueblos. Que empiecen contando lo que conocen, como la familia, y que no hay otro camino que “escribir, escribir, escribir hasta que la maldita musa decida hacerme una visita”. Que, además de la forma, está la intuición, ese material ineludible que no se puede explicar, estudiar o enseñar: se tiene o no. Además, Allende admite sus limitaciones y sus errores, con una transparencia que, intuyo, solo te puede dar la sabiduría de la edad. Reconoce que no escribe poesía porque le tiene mucho respeto y que le cuesta escribir cuentos. Cuenta que intentó replicar sin éxito los “vasos comunicantes” de Mario Vargas Llosa y que ni ella entendió lo que había escrito. Es un testimonio valioso —pocos escritores reconocen sus falencias por el ego— porque, en la literatura y en la vida, quizá no hay mejor maestro que el fracaso. Y Allende lo explica muy bien, así como lo hace con los mecanismos detrás del engranaje de su estilo, con referencias, ejemplos y mucho material aleccionador desde la génesis de sus novelas; sabe explicar sus virtudes y tropiezos como buena profesora de Escritura Creativa. Y, en el camino, se ríe mucho de varios momentos de su vida como escritora, con un humor ácido que alcanza hacia sus detractores, como los críticos literarios en general y Roberto Bolaño, a quien no nombra pero reconocemos porque alude al momento en que la llamó escribidora. En muchos sentidos, es un libro entretenido.
LA PALABRA MÁGICA, columna de Bryan Paredes
Columna de opinión.