Hoy es el primer año del fatídico episodio en el Capitolio, sede del Congreso de los Estados Unidos de América, construido entre 1793 y 1800, que concitó la atención internacional por el asalto de sus instalaciones por una horda de los supremacistas incitados por el expresidente Donald Trump, y que por el trágico cuadro que todo el planeta vio -murieron 5 personas-, puso por el suelo a su reputada democracia que fuera plataforma del denominado orgullo americano en 246 años de vida como Estado independiente al constituir su destino por sí mismo en 1776, una vez arrancados de su dependencia de Inglaterra las entonces Trece Colonias que fueran la base política y social del país.

En efecto, las fotos de los trogloditas blancos por los pasillos principales del poder legislativo crearon la idea frustrante del imperio de la anarquía y el desgobierno en el país más poderoso de la Tierra, volviendo realidad muchas películas de ciencia y ficción que las presagiaban. Parecía que las brillantes producciones doctrinarias sobre democracia e institucionalidad en sus prestigiosas universidades encumbradas en el planeta, como Harvard, incuestionables recintos con autoridad intelectual, volviéndose las mayores vitrinas de la política y la academia internacionales, a las que cualquier estudioso en el mundo quisiera aspirar hallarse sentado en sus aulas, se había convertido en la nada, en el vacío, porque mirar con asombro el referido asalto, se traía abajo, las montañas de sus bibliotecas sobre el mejor gobierno. Desde aquel 6 de enero el Capitolio no ha dejado de ser un espacio vulnerable.

El 3 de marzo, sobrevino la amenaza de otro asalto a poco de que Joe Biden, pronunciaría su esperado discurso del Estado de la Unión, apareciendo los alrededores del Congreso, como sitiados con alta presencia de la Guardia Nacional hasta en los pasillos del edificio neoclásico del Capitolio, y el 2 de abril, siguiente, un vehículo colisionó cerca del recinto, atropellando a dos guardias -uno de ellos murió, y también el atacante, luego de ser abatido-, lo que llevó a su inmediato cierre temporal. Este pésimo imaginario mundial sobre el Congreso estadounidense debe acabar y es una tarea muy seria para el país -como pasó el 11S-, por su condición de superpotencia pues en la política internacional solo vale lo que se ve.